domingo, 30 de noviembre de 2014

En alas de un alma herida

        Las luces del callejón parpadeaban somnolientas a altas horas de la madrugada. Allí estaban, cara a cara. Y como a cámara lenta sus labios terminaban de pronunciar la confesión contundente sin ningún sentimiento en el rostro. El dolor se instaló en su pecho mientras asimilaba aquella espada inflamada que lo había atravesado deslizándose fácilmente entre sus vísceras para insuflar un ardiente dolor incontrolable. 

        Cerró los ojos y presa de la furia tomó el arma por la empuñadura, la extirpó y notando como se desangraba su fuerza la alzó dispuesto a arremeter contra aquel cuerpo alivianado por la hiriente verdad. Sus alas de águila se abrieron paso por el chaleco de cuero, ensombrecidas, revelando su naturaleza, dispuestas a propulsarlo hacia adelante para ensartar aquel torso que tan bien conocía sin ropa. Pero de pronto notó como una fina gasa se desprendía de su cara. La mirada a aquellos ojos traicioneros lo había absorvido. Se lo tragaron. Se tragaron su orgullo, su sed de daño al mostrarse débiles y titubeantes. Se vio a sí mismo y sus promesas incumplidas, su humanidad. Vislumbró los deseos ocultos y al pequeño niño acuclillado en una esquina de su alma que esperaba el dolor en pago por el dolor causado.

         El pulso le temblaba y lanzó la espada muy lejos de allí, donde no pudiera recuperarla, donde sólo quedara el olvido y el perdón. Se limitó a sonreír y a dedicarle una mirada de aceptación. Aleteó para perderse en aquella noche sin mirar atrás, ignorando las explicaciones y dejando un vacío en aquella calle desierta de transeúntes. Voló, voló entre los coches, los bancos y las farolas. Voló sin rumbo fijo ni motivación concreta. Voló lejos y aunque ahora eran desconocidos, nunca habían estado tan cerca.


30/11/2014 Alfredo Gil Pérez

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