lunes, 24 de noviembre de 2014

Comienzo de grafito

        Buscaba la paz en sus trazos de amapola. La luz del alba despuntaba en el horizonte y allí seguía con su cuaderno, bailando el lápiz con la mirada perdida y el viento haciendo cascadas con su pelo. La soledad de la colina la abrazaba mientras la ciudad tomaba forma entre paralelas y perpendiculares. El carboncillo acariciaba el papel y su sonrisa permitía intuir que aquello le gustaba. Los primeros viandantes comenzaban a pasear por sus páginas y su alma los seguía intrigada por quienes eran, a dónde iban, cuáles serían sus pequeñas historias y sus mundos ocultos. No había lluvia salvo en sus ojos y las ruinas sobre las que estaba sentada la observaban atónitas por la estampa. 

        Recordó su propia historia, su propio pequeño mundo y volvió a concentrarse en los trazos con un suspiro. Dibujó el jazz, las promesas y aquel primer beso a la rivera del río, fugitivo y escondido a las miradas indiscretas. Las ventanas se hicieron ojos, las puertas bocas y todas las fachadas le recordaban a él. Parecía sonreír, enfadarse, sorprenderse. Todas sus expresiones estaban allí, barrocas, góticas y modernas. Todas sus palabras se abrían y se cerraban con un portazo. Los cláxones perfilaban su aroma que salió del cuaderno para conquistar su nariz. Lo cerró de golpe sorprendida y cuando volvió a abrirlo allí estaba devolviéndole la mirada. Acarició sus mejillas amarilleadas por la imprenta. Trató de comprenderlo, de pensar como él, de imaginar sus razones y fantasear con finales alternativos. Metió la mano y lo sacó de su prisión rectangular. No tenía color, pero no hacía falta, recordaba perfectamente el tono de su barba y el matiz de sus ojos verdes. Diseñó sus curvas, sus rectas, cada uno de los vellos que había grabado a fuego con sus caricias y una vez se sintió satisfecha se levantó dejando el cuaderno a un lado para ponerse a su altura. Lo besó sin mediar palabra, lo abrazó consciente de su inconsistencia y al separarse permitió que el viento lo deshiciera en una nube de sombras y borrones. Lo último en desaparecer fueron sus ojos que se resistían a dejar de sostenerle la mirada. Silenciosos y herméticos, como siempre, no dijeron lo que ocultaban celosamente en su corazón, pero antes de desaparecer del todo ella ya lo había perdonado y les había devuelto el esmeralda que le sonriera cada mañana entre las sábanas revueltas. 

        Después de todo él también era un humano, tenía sus miedos y sus lecciones de amor por aprender. - Te quiero. - le susurró a la nada sintiéndose una pánfila, esperando que la vida le guardara buenos momentos. Recogió sus cosas y empezó a bajar de la montaña, para sumergirse en el ruido de la ciudad de los dos ríos que había inundado sus pasiones y sus sueños.

24/11/2014 Alfredo Gil Pérez

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