martes, 28 de octubre de 2014

Retrospectiva

        Estás descalza y la planta de tus pies acaricia la tierra mientras grullas de papiroflexia revolotean a tu alrededor. La luz del sol te baña y tu pelo castaño se mueve tímidamente mientras giras y el olor de la niñez te acaricia las mejillas. Caminas, en una y muchas direcciones, las flores se abren a tu paso y los árboles reverdecen sin razón aparente porque no es primavera, pero ahí están sus colores ofreciéndose a que los cojas y pintes con ellos. Haces del aire tu lienzo y asustada, insegura, trazas un primer borrón que lo dice todo suspendido en la nada. Un segundo, un tercero, una cuarta pincelada a brocha gruesa y la hoja de una puerta toma cuerpo. Te acercas, agarras con firmeza el pomo y decidida la abres de par en par fantaseando con lo que pueda ocultar.

        Un alud de mariposas de celofán escapa en bandada de su prisión y el murmullo de tus letras favoritas se insinúa al otro lado. Cruzas y cierras, con miedo a que te pueda arrastrar el vacío de la realidad lejos de aquel espacio tan tuyo. Aquí huele jazmín y el cielo es infinito, las raíces de los árboles son profundas y enmarañadas las lianas penden de las ramas viejas que te han sostenido en tus sueños durante todas las frías noches en las que has venido a refugiarte en su manto ceroso. Hay velas encendidas por todos los rincones posibles, cálidas, titilantes, expectantes... 

        Al fondo una pequeña está doblando las esquinas de un papel turquesa y cuando te acercas sonríe, cierra las manos y con una risa dulce las abre para dejar volar libre una monarca multicolor de alas delicadas. Extiendes tu índice y se posa en él, vacilante. La besas y una miríada de lepidópteros te embiste con la fuerza de una pluma. Caes porque no hay suelo y en mitad del vuelo desenfrenado, aterrorizada por lo inesperado del momento, el tiempo para y te ves a ti misma soñando entre tus sábanas blancas. Te aferras a la almohada tratando de buscar asilo y nadas en el vacío que te separa de tu cuerpo como si estuvieras sumergida en un éter extraño. Acaricias tu mejilla y tu propio yo sonríe, suspira y al inspirar te traga con una voracidad sorprendente, ansiosa por recuperar su alma. Atraviesas tus labios, tu garganta, escuchas el latido de tu corazón y te diriges hacia él inexorable, como si fuera un tambor que te invocara en la quietud de la noche.

        Todo está oscuro y a lo lejos vislumbras una luz dorada, tenue, de allí viene el latido y ese es tu objetivo. Lo ves, lo ves y es grandioso, palpita para ti y es como un faro en aquella caverna húmeda que es tu pecho. Notas tu respiración pero no estás sola, hay otro aliento que no es el tuyo en ese cuerpo. Te giras y hay otra chica, otra muchacha pecosa que te resulta vagamente familiar. Ya la has visto antes, pero no tienes muy claro dónde. Te extiende su mano y sin dudarlo la estrechas con fuerza. Tira de ti y apareces en otra estancia, estás llorando, no sabes por qué o por quién, pero allí estás tu misma llorando, derramando unas lágrimas sinceras que poco a poco están inundando la habitación. Pones tu mano etérea sobre tu hombro y ese tú tan ajeno se gira, pero no te ve. Parece reconfortada y sonríe. ¿Habría pasado alguna vez aquello antes? Deja de llorar y las lágrimas del suelo se evaporan, el aire que se respira es almizclado y te sume en un letargo agradable... Estás en casa aferrando tu almohada y notas que caes sobre ti misma, sientes que has viajado a algún lugar lejano pero no consigues recordarlo. Sin embargo ya no importa, hoy va a ser un buen día, no te quepa duda.

28/10/2014 Alfredo Gil Pérez

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