domingo, 26 de octubre de 2014

Epona

        Estaba al borde del acantilado, con los ojos verdes protegidos por sus pestañas pelirrojas de la furia del viento que le azotaba la melena. El mar se batía contra la base de aquellos muros de roca viva que contenían la tierra fértil de la isla. Una voz femenina subía desde la espuma del mar entonando una melodía armoniosa, casi hipnótica, pero ella esperaba algo, no tenía tiempo para cantos de merrows seductoras. La brisa le había susurrado que sería allí, en aquella pradera con olor a sal repleta de hierba salpicada de dientes de león. El cielo estaba preñado de estrellas y los animales habían abandonado la zona desde la puesta de sol, asustados por las vibraciones que empezaban a ser palpables.

        Una pequeña sacudida, parte de un peñón del acantilado se desmoronó como lo hace un castillo de arena al contacto con las aguas del mar, las merrows gritaron y huyeron a sus hogares submarinos cuando en el horizonte un parpadeo anunció su llegada. Ella frunció el gesto y sonrió. La luz se volvió más potente y cada vez se hacía más y más grande. Se acercaba a toda velocidad como un rayo que sobrevolara las olas del mar cortándolas en dos montones con la presión del aire. 

        La luz la cegó y el objeto pasó a su lado revolviendo su pelo y zarandeando sus vestiduras adornadas con ricos bordados de intrincadas formas geométricas y runas. Se giró, puso sus manos en el suelo y se abalanzó en su persecución como una yegua blanca con crines plateadas. Los dientes de león se deshacían en una infinidad de granos arrastrados por el aire al paso de aquellos dos cometas, haciendo torbellinos y cabriolas. La hierba seguía su dirección contorsionada por el viento. No estaba dispuesta a dejarla escapar, no otra vez y cuando la estrella estaba a punto de volver a emprender el vuelo hasta el firmamento con sus hermanas, Epona se abalanzó poseída por sus sentimientos y la abrazó con fuerza. Las dos cayeron rodando y al abrir los ojos descubrió a una joven albina, desnuda, algo desorientada y con una luz azul donde debería estar su corazón. Lo había conseguido, había capturado una estrella. Le sonrió y la besó en los labios, pero asustada la joven se zafó y huyó hacia el firmamento para dibujar un arco y desaparecer. 

        Sentada sobre la hierba, como cada noche, Epona se limitó a contemplarlas y desear que otra de ellas volviera a bajar para poder tenerla. Sólo una estrella y su vida sería más maravillosa y menos mundana. Sólo un amor y brillaría como lo hacían ellas cada noche observando el mundo desde la cúpula celeste.

26/10/2014 Alfredo Gil Pérez

No hay comentarios:

Publicar un comentario