miércoles, 22 de octubre de 2014

El visitante

        Me levanté en la  madrugada abrazado a la almohada porque algo tocaba en mi ventana. - Pic, pac, poc. Pic, pac poc. - solté a mi amante algodonado y retiré las mantas. Me alcé y giré la vista. Era un cuervo, ni una paloma ni una golondrina, era un cuervo picoteando mi cristal; negro azabache, nervioso y lleno de vida. Con sus ojos penetrantes me observaba queriendo decir algo y como buen anfitrión abrí la hoja de aluminio para dejarlo entrar. 

        Se posó en el bordillo y graznó. No era un canto melodioso, pero era un canto al fin y al cabo, era hermoso a su manera. Era sabio por alguna razón y parecía sonreír. Abrió sus alas, de par en par, pavoneándose de ser capaz de surcar los cielos y huir de la calidez de las sábanas a voluntad. Sus plumas estaban erizadas y me sostuvo la mirada. Había algo en aquellos ojos que era mio, había algo que desconocía y algo que había perdido. Se giró presto a volar y me hizo un gesto para que lo acompañara pero le dije que no podía, que me era imposible levantar los pies descalzos del suelo y seguirlo por mucho que quisiera acariciar las nubes. Dio un salto y frotó su pico con mis labios cortados por el frío, lo acaricié, volvió a graznar y aleteó para salir volando. 

        Lo vi alejarse surcando el aire, elevándose hacia la estrella polar y agujereó las nubes por mi para que lloviera y pudiera tocar los fragmentos de vapor desmoronándose en forma de gotas. Una parte de mi voló con él aquella noche, una parte de mi fue libre y noté mis pies más ligeros y desnudos, noté el vello de mi cuerpo erizado y no pude evitar que una sonrisa se adueñara de mi boca. Cerré los ojos y pude ver el mar de nubes, pude ver el cielo estrellado y pude estar en las alturas sin estarlo. Noté la brisa fría en contra y la luna llena en el horizonte bañando de plata las hondas de vapor amontonado. 

        Todavía hoy cuando cierro los ojos soy capaz de emprender el vuelo, me veo entre bandadas de plumas negras cortando el aire, bajo el sol o las estrellas, lejos de las cosas mundanas, lejos de lo poco importante. Aquel cuervo me había recordado que los humanos también podemos volar y aunque nunca ha vuelto a visitarme cuando escucho un graznido noto el aleteo de mis alas y en mi alma prenden las ansias de escapar hasta que la ciudad sea un mar de luciérnagas titilantes y sólo quede el cielo para abrazarme.

22/10/2014 Alfredo Gil Pérez

No hay comentarios:

Publicar un comentario