jueves, 16 de octubre de 2014

Bigotes

        Se paró en mitad de la noche, el vaho surgía de su boca como bocanadas de fuego que le robaban el calor. Con las manos en los bolsillos alzó la vista, la luz de las farolas era intensa y el susurro de la brisa acariciaba su mejilla izquierda. Un gato saltó de la tapia que había a sus espaldas y se sentó a su lado, mirando en la misma dirección mientras se lamía la pata derecha ensimismado.

        Al bajar la vista se encontró con el minino que giró la cabeza como quien pregunta ¿¡qué miras tú!? Sonrió  y se agachó para acariciarlo. Su pelaje negro era suave, aterciopelado y los ojos verdes refulgían como esmeraldas clavadas en sus pupilas. Había algo en él que sentía suyo, algo familiar, algo que no conseguía recordar pero que sin embargo le traía el olor de la canela y la lavanda a la memoria. Se sentó a su lado y juntos contemplaron el cielo, como si esperaran algún acontecimiento, disfrutando de aquella extraña compañía reconfortante.

        - Miau.

        - Sí, lo sé. Yo también lo pienso. - el gato se metió en su chaqueta, sacó la cabeza por el cuello y comenzó a ronronear. Las pocas estrellas que iluminaban el cielo siguieron reflejándose en sus iris toda la noche y al final, sin mediar palabra, volvieron juntos a casa conscientes los dos de que había nacido algo más fuerte que la amistad cuando la calle estaba desnuda y sola.

16/10/2014 Alfredo Gil Pérez

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