jueves, 9 de octubre de 2014

Bicho sumiso

        El aleteo era furibundo, tacituno, casi inocente. Imperceptible para los oídos demasiado lentos o demasiado rápidos. Se deslizaba en las corrientes de aire atraída por una especie de pulso eléctrico que recorría todo su cuerpo y le erizaba el alma. Su trance era algo religioso y la carrera desenfrenada se había adueñado también de sus compañeras que parecían fuera de sí. 

        Un campo de colores caleidoscópicos y olores tan deliciosamente penetrantementes que las hacía retorcerse en pleno vuelo se abrió ante la miríada de ojos nerviosos que pendulaban al unísono. Sus patas repiqueteaban chocando las unas contra las otras al realizar giros y sus mandíbulas se desencajaban sedientas y babeantes al verse completamente asfixiadas por aquella dulzura. 

        Una de sus camaradas se quedó atrapada en una cuerda pegajosa, pero no apartó la mirada. Notó su dolor, su grito de auxilio, y su calor extinguiéndose devorado por un cuerpo amorfo y desproporcionado. Pero el zumbido de su cabeza era tan tentador, tan zalamero que no podía resistirse a sus encantos. Se dejó hacer y abandonó a su amiga y la venganza, rodó al aterrizar y cayó en medio de aquella sustancia mortalmente amielada. La devoró, la ingirió, la engulló hasta que asfixió sus ansias y se zambulló en un océano de sensaciones que la electrocutaban con todos los colores, sabores y placeres que podrían imaginarse.

        Acabó exhausta y justo como cuando las olas del mar terminan de romper, comenzó a notar una fuerza matriarcal, una egoísta marea que la llamaba arrastrando su conciencia lejos de aquel paraíso. Notó aquella punzada de dolor y placer y agitó las alas, sumisa, deseosa de obedecer. Atravesó la selva caleidoscópica, las cuerdas pegajosas repletas de cadáveres y se abalanzó sobre una masa que rugía con un ensordecedor tono, un pálpito que conocía bien. Sus antenas se dirigieron rápidamente a la entrada que le correspondía y el calor del hogar prendió fuego en su abdomen. 

        Estaba extasiada por sentirse útil, estaba pletórica y excitada por aquella corriente perpetua que fluía electrificando sus entrañas. Era una con la colmena, era la colmena, era una pieza de la colmena, era un engranaje de la colmena y al final, no era más que un material reemplazable muy contento de serlo.

10/10/2014 Alfredo Gil Pérez


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