sábado, 20 de septiembre de 2014

Ruinas

        - ¿Buscas algo? - el viento azotaba su melena negra y la lluvia impactaba contra las columnas y los pocos restos que quedaban en pie en las ruinas de lo que un día fuera una gran ciudad.

        - ¿Perdón? - dijo sorprendida, clavando su mirada en aquellos ojos marrón miel, demasiado juntos como para permitir que aquella cara de mandíbula cuadriculada pareciera hermosa. El rugido del mar chocando contra los acantilados llenaba el aire.

        - Digo, que si buscas algo. Hace mucho tiempo que nadie visita esta urbe, bueno, lo que queda de ella. Los techos desplomados y las ventanas rotas no tienen mucho encanto y todavía se puede notar el eco de los gritos por lo que pasó aquí. El lugar está impregnado, es casi pegajoso el terror. - la criatura sonrió y ella se percató del gorro que llevaba, teñido con sangre. El viento se revolvió aún más y la elevó para ponerla a salvo levitando sobre la cabeza del duende. - No esperaba que me juzgaras tan rápido, pero no tienes nada que temer. Yo sólo soy un residuo dentro de tus recuerdos. La pregunta es: ¿por qué has venido a escarbar en los restos? No queda nada aquí para tí. La tierra es estéril, el tiempo no ayuda y el martirio no es algo que vaya a devolverle la vida a aquellos momentos.
Las ruinas pueden ser una inspiración de la gloria pasada, pero tienes que entender que también son una quimera que nubla la vista y no nos deja avanzar. - movió su nariz granuda y sorbió unos mocos. - Deja esta tumba, entiérrala y sigue adelante. Déjala descansar y hacerse polvo para que pueda crecer algo verde y tierno en ella.

        La sílfide se elevó aún más y se desvaneció en la brisa como dientes de león. El Gorro Rojo cogió su pala y volvió a enterrar cadáveres.


20/09/2014 Alfredo Gil Pérez

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