lunes, 8 de septiembre de 2014

Pigmento crudo




        Aquel cuerpo estaba desnudo, al menos al principio. La piel erizada brillaba bajo la lumbre del templo y los pechos suspendidos pendulaban con la danza entre aquellos platos forjados en oro blanco, repletos de pigmentos, con los pezones anaranjados marcando la dirección de sus movimientos.

        Las sacerdotisas cogieron entre sus manos aquellas preciadas ofrendas y con sus oraciones sepultadas bajo el estruendo de una música que acariciaba la escena con la labia de las flautas y el pudor de los tambores comenzaron a lanzar contra la canalizadora ataques violetas, turquesas, verde esmeralda, rojo sangre y del color de la canela.

        Ella seguía girando, sin inmutarse, vuelta tras vuelta, perdida en una nube policromática que parecía arrancada de ese rincón de la imaginación en el que creamos los sueños más lúcidos y las quimeras más maravillosas.

        La música paró, las sacerdotisas cesaron en su empeño y el rumor de las oraciones se apagó junto con los fuegos que iluminaban la estancia. En la completa oscuridad se escuchó el estridente chirrido de una cadena deslizándose por engranajes y poleas. 

        En la bóveda que les observaba silenciosa desde arriba se abrió una escotilla y la luz de la luna llena se abalanzó sobre el resultado en una cascada plateada que hizo refulgir los otros tonos. Aquella criatura era maravillosa, la gama de su piel era imposible, pero allí estaba; las curvas de su cuerpo rozaban la perfección y al moverse para saludar a su diosa, la gracilidad de sus gestos provocó un silencio aún más grave que los tambores.

        Por un instante el hombre había imaginado lo divino y lo había arrastrado a la tierra.


08/09/2014 Alfredo Gil Pérez

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