lunes, 22 de septiembre de 2014

km 0

        Pisó el acelerador, sólo era capaz de recordar eso. Pisó el acelerador y se le vino encima el tiempo. La adrenalina le embriagó hasta quemar sus mejillas y las rayas discontinuas de la carretera pasaban deslizándose bajo su vista, acariciándole el ego en una precipitada carrera a contracorriente.

        Siguió pisándolo y la ausencia de curvas le hizo perder la noción del movimiento. Apretó entre sus manos el volante y el cuero se quejó entre la palma y la prisión de sus dedos. Los árboles verdes pasaban borrosos, irreales, fusionándose con el siguiente hasta conformar un túnel por el que desahogaba su furia y desparramaba la energía que le había dado la testosterona mal llevada.

        La velocidad se le antojó poca y llegó hasta el punto de que salvo el interior del coche todo parecía un conjunto de líneas de cómic con un foco común en el horizonte que parecía no llegar. Subió la música y siguió acelerando rabioso, con ansias de saber que escondía el final.

        El propio coche comenzó a deshacerse por la presión del aire que atropellaban y las piezas temblaron violentamente, poseídas por la misma búsqueda desenfrenada de un todo insustancial y nada concreto. Aquel vacío que lo devoraba por dentro.

        Cuando la carrocería ya era historia el motor reventó y sólo la inercia empujaba al coche que poco a poco quedó detenido bajo las estrellas. El ruido se apagó, los animales nocturnos tocaban su sinfonía ente los árboles y el joven salió de aquel trasto destartalado. Cerró lo que quedaba de la puerta y abrió los ojos como platos para admirar lo que le rodeaba.

        ¿Cuántos cielos como aquél, cuántos cantos de lechuza, cuantas hojas delicadas temblando tímidamente en sus ramas se había perdido por su obsesión por llegar rápido cuando nadie lo esperaba?

22/09/2014 Alfredo Gil Pérez

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