martes, 16 de septiembre de 2014

El silfo perdido

        Sus manos palmeadas se abrieron dejando que la membrana verduzca que unía sus dedos respirara. Miró a su alrededor con aquellos ojos esmeralda y almendrados. Con un golpe violento desplegó sus alas de insecto matizadas  por una miríada de colores metálicos, como una vidriera art neveau nouveau que tratara de dar envidia a los árboles floridos que conformaban aquella jungla.

        Utilizó sus poderosas patas traseras para saltar al aire y comenzó un gracioso vuelo esquivando lianas, troncos monstruosamente grandes, abrigados por enredaderas y a otros seres que también trataban de abrirse paso en la tupida selva. 

        Sus ojos apuntaron rápidamente hacia la dirección por la que venía un estruendoso sonido que ahogaba el zumbido de sus nerviosas alas. Se elevó sobre la copa de los árboles para ganar perspectiva y tras sobrevolar un claro en aquella masa vegetal descubrió un inmenso agujero por el que se suicidaba uno de los ríos que recorría el bosque. El agua turquesa, cargada de néctar de luna, se arremolinaba en su interior para desaparecer hacia quién sabe dónde.

        Sus orejas puntiagudas vibraron y sus labios dibujaron una sonrisa de satisfacción bajo aquella bonita nariz que remarcaba unas facciones masculinas trazadas en verdes y marrones. Lo había encontrado, el portal estaba allí.

        Se abalanzó con energía cayendo en picado hacia aquellas aguas que se perdían misteriosamente y tras ser engullido por la negrura un sobresalto lo despertó en su cama, abrazado a su almohada e iluminado por la tenue luz de las farolas.

        Se incorporó, miró hacia la calle y luego hacia un pequeño peluche que acompañaba a los cojines de su cama.

        - Hay algo que no entiendo. - le confesó a su peludo acompañante - Cuando en la mañana olvidas un sueño, ¿destruyes el mundo en el que soñaste, lo condenas a repetirse eternamente o lo preservas de volver a ser molestado por otros navegantes de la noche? Todo era demasiado hermoso como para no ser real. - como siempre, el muñeco no respondió y se limitó a observarlo con la misma sonrisa bobalicona.

16/09/2014 Alfredo Gil Pérez

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