domingo, 7 de septiembre de 2014

El andén azul

        El tren pasó a toda velocidad y su pelo negro azabache se lanzó a perseguirlo con una ráfaga de viento, sostenido a duras penas por la cabellera que se bamboleaba mientras miraba ausente al mar que inundaba las vías y alcanzaba el horizonte sin la promesa de alguna tierra. Los raíles estaban roídos y el banco en el que estaba sentada esperando, cubierto por el musgo.

        Una figura extraña se sentó a su lado y el sol les calentó con más fuerza tras pasar una nube. El traqueteo de la locomotora se alejaba como un eco diluido en la memoria y sin previo aviso aquellos ojos naufragados en la inmensidad del agua se clavaron en la forma que acompañaba sus soledades.

        - Querida, ya nos conocemos. No me mires con tanta sorpresa. Lo que no entiendo es como todavía estás en esta estación y no has querido continuar tu viaje. - le dijo tranquilizadora una voz que parecía no provenir de ningún lado. Ella volvió a clavar la mirada en un océano sin inicio ni final. - ¿Sabes? La vida es como un baile en el que las coincidencias cambian de pareja al azar. En esa danza tienes dos opciones: aceptas que hay coincidencias que nunca serán para ti o puedes levantarte y sacarlas a bailar.

         Al volver a clavar la mirada en su acompañante el banco de piedra mordido por el musgo estaba vacío y el sonido de otro tren que avanzaba a una velocidad vertiginosa hizo que mirara hacia el lado contrario. Se levantó, esperó el momento y saltó a su interior a través de una ventana, sin maletas y con la intención de no volver a ver aquel monstruoso mar en calma donde sólo había agua, donde no había nada.

07/09/2014 Alfredo Gil Pérez

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