miércoles, 27 de agosto de 2014

Hiroshima

        - ¿Me dejarás besarte una última vez? - le suplicó manteniendo la compostura y aferrándole la mano bajo su kimono. Ladeó el paraguas para ocultarse de miradas indiscretas. - Luego fingiremos que esto no ha sucedido para engañar la quemazón de nuestros corazones, para que cuando estés lejos no me eches en falta, para que la felicidad sea una constante y no un anhelo del regreso. Hagamos un kabuki en el que yo no te conozca y en el que tu no me hayas querido. Mirémonos a los ojos y digámonos en silencio que las noches sin ti no serán tan dulces y que a los abrazos les faltará ese algo tan tuyo, mientras nuestros labios se despiden en este último beso. 

        La brisa revolvió su melena negra y sus labios se acercaron sucumbiendo al silencio que arrasaba la escena de aquella calle. La última flor de cerezo se desprendió de su rama liberando los pétalos del cáliz que acariciaron aquellas dos caras suspendidas en un limbo, como si el tiempo no existiera. 

        Una bomba atómica asoló sus corazones y con el sonido de las bocas al separarse notaron como el hilo de su meñique se había roto. Desearon que nadie lo hubiera visto, se giraron en silencio y avanzaron cada una a su destino sin poner la vista atrás. La terrible devastación de un beso y no hubo ojos en toda la ciudad que se percataran de ello. 


27/08/2014 Alfredo Gil Pérez

No hay comentarios:

Publicar un comentario