viernes, 22 de agosto de 2014

El cazador

        Se descalzó en la quietud de la noche y pisó el suelo de aquel bosque enmarañado y repleto de hojas anaranjadas de caían a cuenta gotas. La planta de sus pies besaba la tierra húmeda y un pulso tiraba de su pecho buscando la respuesta que llenaba sus silencios como un invitado ausente en la fiesta. Los troncos se bamboleaban a su paso mientras los árboles curiosos abrían sus ojos para seguir el recorrido de aquel intruso en la soledad de la foresta.

        Estaba cerca, lo notaba en el pálpito que le producía el aire y los aromas que lo poblaban. Un cervatillo pasó a la carrera por su lado y se abalanzó tras él poseído por un hambre predadora de conocimiento. El animalillo correteaba esquivándolo como podía y tras unos minutos de persecución se abalanzó sobre su cuello haciéndole presa con los brazos. 

        Trató de zafarse, pero era inútil. Los ojos ocre se centraron en las espirales que recorrían el cuerpo de su cazador y consciente de su condición de cazado el cervatillo se dejó hacer. Miró el alma del intruso, zarandeó las orejas, y clavando su vista en los ojos del captor, le dijo. - Si centras tu vida en buscar algo más constante y fiel que el latir de tu corazón, tal vez estés muerto para cuando puedas encontrarlo. - sorprendido por la respuesta dejó escapar a la criatura que se perdió en la oscuridad de la noche, mientras él seguía en el suelo con la mirada perdida, escuchando el pulso de su más fiel compañero. A fin de cuentas, estuvo en su nacimiento y estaría en el ocaso de su vida para despedirse.

22/08/2014 Alfredo Gil Pérez

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