sábado, 16 de agosto de 2014

Dulce tentación frustrada

        La vista desde lo alto del edificio hacía que el vértigo le arañara las entrañas. Los coches parecían de juguete y los transeúntes no eran más que pequeñas hormigas ajetreadas que deambulaban por la avenida. La brisa le lamía el rostro y su mente no dejaba de cavilar. ¿Dolería el golpe? ¿Se esfumaría aquella sensación de terror que pujaba por alejarlo del peligro que estaba asumiendo voluntariamente? ¿Se acabaría todo? No era capaz de decidirse cuando uno de sus pies avanzó por su cuenta y se colocó en el vacío.

        - ¡Imbécil, capullo! - bramó una boca dentada a sus espaldas esputando proyectiles de espuma blanca. - ¿Te crees muy valiente? ¡Ja! - al girarse descubrió a una criatura de piel áspera, deforme y con cornamenta que respiraba a duras penas. - Estás enfermo, ¿y qué? Vas a morir, todos los de tu especie lo harán en algún momento... Pero me gusta ver como os retorcéis y prolongáis vuestra agonía. ¿Por qué no tienes lo que hay que tener, bajas de esa puta baranda y afrontas lo que queda de tu miserable vida como un hombre? - volvió a proferir otra carcajada. 

        Vaciló, retrocedió un poco y fijó la vista en aquel lo que quiera que fuese. Frotó sus ojos, incrédulo y la criatura esbozo algo que habría parecido una sonrisa de no ser por su desagradable aspecto. Volvió a mirar al vacío y se abalanzó con los brazos abiertos, directo a besar el asfalto con la mirada serena y el corazón desbocado. El golpe no hizo el menor ruido, como tampoco lo hiciera su paso por este mundo. Y donde había un demonio descansaba una pluma blanca, recordando que los ángeles están donde nadie los espera y que los hombres hacemos lo que menos nos conviene arrastrados por la irónica dualidad del libre albedrío. 

16/08/2014 Alfredo Gil Pérez


No hay comentarios:

Publicar un comentario