miércoles, 2 de julio de 2014

Noche de cíngaros

        Y allí estaba ella, en las catacumbas de la ciudadela, inmersa de lleno en una de las fiestas más salvajes que conocían los muros de la gigantesca urbe de madera y piedra, la noche de los cíngaros. Los huesos adornaban aquella cripta abovedada con cientos, si no miles de cuencas vacías que disfrutaban del espectáculo de los bohemios en una noche tan pagana y prohibida como mágica. La luna llena se colaba por respiraderos aquí y allá. 

        Sólo el espesor de una capucha roída le hacía las veces de escudo de anonimato y unas ropas que nada tenían que ver con su verdadera clase social y su piel pálida como la nieve. Mientras, los malabaristas y los tragafuegos zancudos deambulaban entre los asistentes con el ensordecedor ruido de las panderetas, tambores, cascabeles y demás instrumentos que acompañaban los bailes de la muchedumbre y las conspiraciones murmuradas en caló de fondo. 

        Varias ramas de romero rozaron sus manos y el olor a hierbas aromáticas era una nube exótica que se mezclaba con los perfumes artesanales que probaban las compradoras de unos improvisados puestos de videntes y curanderas. Varias barricas de cerveza y vino contra las paredes, candiles y antorchas por todos lados, incluso velas dentro de algún cráneo adornaban la vetusta sala junto con telas de colores vivos: púrpuras, rosas palo, verdes esmeralda, rojos rubí... Y de repente encontró lo que buscaba, allí estaba él, fanfarrón, con un grupo que hacía las veces de público, haciendo cabriolas y bromas como siempre acostumbraba a hacer en la plaza mientras seguramente desplumaba a algún incauto. 

        Soltó otro improperio, regaló rosas a las muchachas y guiñó varios ojos de complicidad a los asistentes que se molestaban en poner oídos a la desgastada historia de cómo robó la tiara de un obispo allá por la lejana Italia. Aprovechó un coqueteo del gitano con una chica que llevaba una de sus rosas en el pelo para atacarle. - ¿Y qué me dices de ti? ¿No hay amor para el gran ladrón de Europa? - el chico, que pareció reconocer aquella voz giró su cara sorprendido y puso los ojos en ella. Daba la sensación de poder ver bajo su capucha y el ojo izquierdo, ése enmarcado por el tatuaje de un rombo con intrincados símbolos, se entrecerró con astucia. - Querida, hubo amor para mí una vez, pero como todo en esta vida, alguien más hábil que yo me lo robó. Supongo que los grandes ladrones también podemos ser vencidos de vez en cuando. - por momento volvió a ver al muchacho que un día conoció en aquellos ojos cansados y cuando el cañí se dedicó a su público ignorando su presencia, unas lágrimas surcaron su rostro ocultas bajo una capucha, como todo lo que ella había querido ser en esa vida. Ella era la mayor mentirosa de aquella cripta y se había dado cuenta a deshora, pero no tarde.

02//07/2014 Alfredo Gil Pérez

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