jueves, 12 de junio de 2014

Llanto saharaui

        La música haul sonaba en aquel aire cargado de perfumes, olor a té, el almizcle que exuda el sol en nuestras pieles y el olor de las copiosas comidas que acompañaban las palmas y los gritos de alegría. Los participantes de aquella fiesta bramaban con el característico sonido de sus lenguas fustigando el aire con furia, hartos de júbilo y la madre con sus ojos vendados seleccionaba tres de los siete palitos que una de las abuelas sostenía entre sus ajadas manos. El tercero era el elegido. - ¡Bachir! ¡Se llamará Bachir Hassana Brahim! - clamó la hermana de la madre y felices comenzaron a bailar descalzas sobre las alfombras de la jaima repleta de cojines e invitados que coreaban de piernas cruzadas el sonido de las guitarras eléctricas, el bendir, la kawala, los miswish y demás instrumentos que se perseguían en aquella puja de sonidos que se ordenaban en armonías imposibles y salvajemente animadas. 

        Los abalorios tintineaban y las telas se rozaban mientras sus manos hacían cabriolas entre giros y saltitos al ritmo de la música. De pronto la madre miró al horizonte y entre las dunas de arena distinguió un torbellino. Quedó paralizada por un instante y descubrió la figura de un fornido hombre que le hacía una reverencia entre aquellas corrientes aire. Su forma se mantenía a duras penas y una ráfaga se desligó de aquel torbellino para susurrarle - Asafar zein? - una lágrima brotó de sus ojos al comprender lo que sucedía. Su hijo había sido besado por los djin, pero no dejaban de ser extranjeros. Aquellas arenas que veían nacer a su pequeño no eran las suyas, pero la hospitalidad se extendía también a aquellos seres que entendían cuando nacía un humano especial. ¿Volvería a ver algún día su tierra? ¿Sería la tierra de su hijo y de los hijos de éste? Tinduf era hermosa y una buena anfitriona, pero su corazón nómada necesitaba volver a casa.

        - ¿Estás bien hermana? - le preguntó Abeer y recordando que estaba en la Akika de su hijo sonrió para restarle importancia y observó de reojo cómo aquel djin se fundía en las arenas del desierto.


12/06/2014 Alfredo Gil Pérez

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