miércoles, 25 de junio de 2014

El tiovivo

        Aquel aparato daba vueltas, una tras otra, sin descanso. La melodía de feria lo acompañaba en su viaje sin rumbo, deambulando en círculos sobre el mismo eje, buscándose a sí mismo y no encontrando más que un puñado de caballos con una sonrisa estúpida que se reflejaban sobre los mismos espejos. Epona se sentó ladeada sobre uno de los más veloces, que era cualquiera, y dejó caer su falda azul índigo mientras lo hostigaba para que acelerara el ritmo. 

        Poco a poco el tiovivo avivaba su melodía y sus caballos parecían volar frente a los espejos, con toda aquella fusilería de colorines y luces de farolillos. El algodón de azúcar se deshizo en jirones vaporosos, su vestido se diluyó en el aire por la presión que se aferraba a todo su cuerpo, las crines de los caballos volaron como dientes de león y los espejos giraban tan rápido que parecían mantenerse en la misma posición. 

        Un batallón de tonos y materiales luchaban en aquel torbellino furibundo y de pronto todo quedó suspendido en el tiempo y las manos de Epona pudieron acariciar con su desnudez aquellas volutas de plasma que antes formaban parte de algo que ya no recordaba - Es triste. - se dijo, al descubrir como los colores se iban fusionando poco a poco en otros cada vez más oscuros - No entiendo cómo la suma de todos los colores acaba siendo negro. Cuando nos fundimos con todos nuestros recuerdos también acabamos en negro, en un negro sueño. Es un color tan deprimente... - una mano huesuda acarició su hombro y la voz de su misterioso dueño le susurró - No te equivoques querida, el negro es el único color que tiene todos los demás colores. No es que sea oscuro, es sólo que hay que aprender a separarlo. - y en ese momento se sintió más ligera, menos pesada, más somnolienta y menos viva. Sus colores se habían mezclado, ahora le tocaba volver a separarlos.

25/06/2014 Alfredo Gil Pérez

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