jueves, 29 de mayo de 2014

Fascista renegado

        Allí estaba, tendido en el suelo con la pistola apuntando hacia su boca y una mirada perdida puesta sobre el muro de contención del búnker. Una luz de humanidad brilló en su mirada y llevó el dedo al gatillo con un leve bamboleo de su característico bigote. ¿Qué había sido de él? ¿En qué momento el monstruo se apoderó de su cuerpo para abandonarlo como un despojo a su fin? Un demonio que residía en su pecho, pequeño y oscuro, como una semilla retorcida que había aflorado con el tiempo engullendo su inocencia y manchando sus manos de sangre hasta tal punto que todavía podía oler el aroma ferroso. ¿Habría sido un alma débil postrada ante sus temores o realmente un niño puede nacer vil y cruel en extremo? ¿Quedaba algo de bondad en aquella triste criatura? Había sucumbido a su espiral megalómana y las paredes susurraban que ojalá todo el mal que obró algún día pudiera revertirlo el tiempo. Pero aunque al apretar el gatillo su cuerpo se esfumó de la historia en un abrir y cerrar de ojos, al igual que lo hicieron los cuerpos de aliados, víctimas y enemigos, siempre hay una marca imperecedera que se graba a fuego. Una rutina histórica de hacerlo mal y peor cada vez. No ha sido la primera y por desgracia no será la última vez que unos ojos se planteen su humanidad. Aquellos ojos vacíos que miraban a la nada y a los que la nada temblorosa les devolviera la mirada al expirar.

29/05/2014 Alfredo Gil Pérez

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