martes, 13 de mayo de 2014

El vuelo

        Le encantaba soñar despierta. Miró hacia la ventana y tras un suspiro se incorporó sobre la cama de colchas moradas y cojines verde esmeralda. Encendió las velas y retiró la cortina vaporosa que le impedía disfrutar de la noche. 

        Le encantaba soñar desnuda. Dejó caer al suelo su pijama de algodón blanco, deslizó la aguja del tocadiscos sobre el vinilo y se dejó llevar por la fuerza de la música que poseía su cuerpo y lo hacía danzar sobre la alfombra de hilos pastel sorteando las velas que iluminaban la habitación de madera. Las arañas de cristales turquesa y verde que adornaban el techo vibraron con sus piruetas.

        Le encantaba volar desnuda. Abrió la ventana con una mirada y tomó una escoba del cabecero de la cama. La deslizó entre sus piernas desnudas y se elevó atravesando el marco en dirección a las estrellas. La brisa azotaba su cuerpo y el bosque se extendía como un mar negro a sus pies. La luna iluminaba su piel con tonos plateados y el pueblo cada vez se veía más lejano. Se desmontó en pleno vuelo y quedó colgada por las manos con la melena al viento. Se soltó y cayó en picado hasta el lago que se abría paso empujando a los árboles en un claro de aquella tupida maraña que era el bosque. La escoba bajó a buscarla y esperó mientras ella chapoteaba en aquellas aguas cristalinas que reflejaban la inmensidad del firmamento como un espejo.

        Le encantaba soñar despierta. Suspiró y miró hacia la ventana. Se incorporó sobre la cama de colchas moradas y cojines verde esmeralda. Encendió las velas y retiró la cortina vaporosa que le impedía disfrutar de la noche.

13/05/2014 Alfredo Gil Pérez

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