lunes, 19 de mayo de 2014

El perro loco

        - ¡Eh Jowy! ¡Ven aquí! - le gritaba aquel chico moreno de ojos verdes cuando el chucho correteaba de un lado al otro con la lengua fuera, mordisqueando el aire mientras movía la cola. Su hocico blanco parecía una luz que apuntara sus deseos contrastada sobre el pelaje negro. Y los pelos plateados que moteaban su pecho, una estela que se difuminara a medida que el aire le acariciaba la panza en su carrera. Se volvió confuso y sus ojos marrones buscaron entender lo que le decían mientras inclinaba la cabeza y levantaba sus orejitas.

        - ¡Vamos chico, ven aquí! - abrió la boca, sonrió como sólo lo sabe hacer un perro. Enseñando todos sus dientes y propulsando la lengua como si la vida le fuera en ello. Se acercó, se dejó acariciar. Y cuando la mano de aquel humano simpático cesaba en su empeño daba un gruñido y dos cabezazos para exigir su premio. Algún mordisco ocasional para que no se despistara y caritas de pena para solucionarlo. Con eso, un palo y el sol le bastaba. Qué inocente y grande es la felicidad de un perro.


19/05/2014 Alfredo Gil Pérez

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