martes, 6 de mayo de 2014

El ojo del mirlo

        Paseaba junto a un parque, cubierto de césped y coronado por unos ficus monstruosos que parecían querer ocultar que era de día y unos dragos que se bamboleaban en busca de nuevos rayos de sol. A mi lado un mirlo daba saltitos entre la hierba bañada aún por las gotas que los aspersores habían catapultado en su baile furioso la noche anterior. Cogió un gusano con su pico naranja chillón y se detuvo inspeccionando el suelo.

        Seguí mi camino y unos pocos metros más allá volví a mirar en su dirección, pero ya no estaba. Al girarme para proseguir, confundido por la velocidad del animal para escabullirse, lo descubrí comiendo otro gusano y volviendo a inspeccionar el suelo, exactamente como lo había hecho apenas unos segundos atrás. 

        Volví a avanzar, confieso que algo desorientado y extrañado. Una parte de mí tenía miedo de girar y que aquel pájaro hubiera vuelto a desaparecer. Pero la parte lógica intentó ahogarme apelando a que me aferrara a la realidad y comprobara que todo estaba en orden. Me paré, giré la vista y nuevamente el pequeño pájaro se había esfumado sin dejar rastro. Volví a mi camino para continuar y allí estaba a mi lado, comiendo otro gusano e inspeccionando el suelo. Parecía que se estuviera riendo de mí provocando aquellos déjà vu. Lo encaré y me concentré en sus pequeños ojos marrones.

        El mirlo ladeó su cara como juzgándome, tratando de averiguar mis intenciones mientras mantenía su aire burlón y de superioridad. Dio un par de saltos hacia donde estaba yo y aunque dudé me mantuve firme. Levantó el vuelo con un aleteo desesperado y cuando estuvo a poca distancia de mi cara volvió a ladear la cabeza enfocando su ojo en mis ojos. 

        El tiempo pareció ir mucho más lento y el movimiento de sus alas era casi imperceptible. Se torneaban heridas por el aire que las presionaba y sus plumas azabache brillaban con los rayos de luz que se colaban por la copa de los árboles. De su pico surgió el extraño piar de los mirlos que parece querer cortar el aire y al mirar en sus ojos lo vi. En su iris estaba yo reflejado, con la expresión desencajada y los ojos completamente abiertos. En su pupila también estaba yo pero mi expresión era de curiosidad y la calle por la que paseaba se había desvanecido. Más allá vi una maraña de pensamientos fluctuando en la oscuridad de sus ojos y una extraña luz de inteligencia que parecía gritar en su propia lengua algo que no entendía.

        Me quise asomar en su voz, pero solo escuchaba la mía y cuando por fin parecía que empezaba a descifrar lo que decía aquel murmullo sordo el tiempo se aceleró para recuperar su posición. El mirlo me arañó una mejilla con su pata y voló sobre mi cabeza manteniendo la mirada. 

        Al volverme para buscarlo ya no estaba allí, pero juraría que lo que tenía que decirme era importante.


06/05/2014 Alfredo Gil Pérez

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