martes, 29 de abril de 2014

Pyros

        Temblaron sus manos de seda y la primera nota tronó en su voz que vibró por el valle danzando como una vagabunda sin rumbo, rebotando con el eco, grave como una puesta de sol. El viento azotó su pelo de colores en todas direcciones y la segunda nota desgarró el vacío para abrirse paso como un arroyo vivaracho de paz y sosiego. Sus ojos se cerraron y una sonrisa enmarcó la tercera nota iluminando las laderas de las montañas con un aroma dulce y una energía crepitante que azotaba la copa de los árboles. Pero al llegar a la cuarta nota su pelo se volvió rojizo y se inflamó. Un huracán disonante de armónicas melodías rugió por la comarca y asustó a los paisanos mientras se elevaba levitando desnuda y en trance desde el bosque. Su vista era hermosa a la par que titánica y sobrenatural. Tocaba las notas que todos los corazones querían escuchar pero que los oídos esperaban no tener que oír jamás.

        Extendió sus brazos y bañó aquel pequeño mundo de pasión, furia y lujuria. Cayeron macutos de leña de unas manos. Cestos de mimbre olvidados y manzanas rojas mordidas reposaban sobre la hierba verde. Había roto la barrera y la vida superaba a la ficción, porque su salvajismo e inocencia no entienden de límites ni cánones. Porque su ignorancia es sincera y sus golpes sin quererlo son una herida en salazón que te recuerda que estás vivo y aunque se repita, todo es nuevo. 

        Siguió cantando su melodía mientra ascendía y se fundía con el sol y sus lenguas ardientes. La gente extasiada mantuvo la mirada y muchos se quedaron ciegos tras ver como aquel hermoso cuerpo se transformaba en fuego. Y los que no quedaron cegados olvidaron lo que habían visto. Pero se dice que todavía hoy cuando alguien se deja arrastrar por el calor de sus llamas y admite la belleza y la bondad de la pasión que araña los corazones, en algún lugar del cielo resuena la melodía de aquella joven que se dejó seducir por la furia de las llamas.

29/04/2014 Alfredo Gil Pérez

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