lunes, 14 de abril de 2014

Patizambo

        Tomó otro trago de aquella botella de cristal grueso y respiró la quietud y la soledad de la noche. Deambulaba patizambo, embriagado de nostalgia, víctima de su propio inconformismo, por aquel parque. El frío le calaba los huesos y la mirada perdida deambulaba entre la penumbra y el cielo estrellado. Supongo que todos tenemos nuestros días malos y él debía de saberlo también. Ajustó su gorro y zigzagueó tratando de esquivar los sentimientos que no hacían más que acertar de lleno en un pecho convulso y cargado de lágrimas que no querían salir, asustadas por la oscuridad de la vigilia.

        Se sentó apoyado en el tronco de uno de aquellos árboles y se quitó el gorro liberando su melena castaña. El viento la revolvió un poco y exhaló un suspiro que recorrió las entrañas de aquel bosquecillo artificial reverberando como un potente eco. Una hoja caduca se suicidó hasta llegar a sus manos y al fijarse en ella una lágrima brotó de sus ojos y saltó sobre aquella superficie ajada y de un marrón casi dorado. Pronto otra lágrima se decidió a saltar y otra más. Junto con sus lágrimas las hojas de todos aquellos árboles comenzaron a liberarse de sus ramas para llover desbrozándose sobre el suelo entre los sollozos de aquel hombre derrumbado como el otoño. 

        Inspiró, espiró, inspiró, espiró y algo en él expiró cuando un rugido atronador surgió de sus labios e hizo que todas aquellas hojas de otoño huyeran despavoridas arrastradas por el viento de su llanto. Levantó la hoja que aún sostenía entre sus dedos y como un diente de león se dejó mecer por la brisa cuando la sopló hasta alejarse de su vista. Miró al cielo y distinguió los primeros copos de nieve, era el invierno que llegaba frío y solitario... Pero aquello sólo significaba que la primavera ahora se encontraba mucho más cerca.

14/04/2014 Alfredo Gil Pérez

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