viernes, 4 de abril de 2014

Luces verdes

        La luz de las antorchas era tenue, cálida, casi romántica. Mientras en la intimidad del bosque el chico trenzaba margaritas en el pelo de su hermana pequeña, la noche aguardaba. Una tras otra las flores colonizaban aquella melena rubio ceniza a la vez que ella mordisqueaba su manzana. - ¡Qué dulces son las manzanas, hermano! Como las caricias, las caricias siempre son dulces... - se hizo un silencio y las llamas se bambolearon mecidas por la brisa.

        - Hermanita, en la vida te encontrarás con muchas cosas buenas, - comenzó, colocando otra margarita en el elaborado peinado - pero cuando vagues por tu camino te encontrarás otras tantas malas y debes estar preparada. Hay caricias amargas, hay besos vacíos, silencios desgarradores y sentimientos poco cuerdos. - la giró y tomó su cara entre sus manos - Prométeme una cosa, prométeme que nunca te darás por vencida y que disfrutarás de las cosas buenas al igual que de las malas, que no te cansarás de andar descalza y que siempre llevarás en tu corazón este bosque. - un mechón se escapó del moño y la expresión ausente de la chiquilla no dejaba claro si lo había entendido. Su hermano le colocó muérdago sobre la oreja izquierda - Ahora ve, es pronto para preocuparte por esas cosas, ve a disfrutar con las hadas. - y así lo hizo la joven que, ataviada con un traje púrpura, se internó en el círculo para bailar sus tiernas noches con aquel aquelarre de luces verdes titilantes entre el olor a lavanda y romero.

04/04/2014 Alfredo Gil Pérez

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada