martes, 1 de abril de 2014

Delirio

        Su cuerpo se paralizó y sus pupilas se dilataron como las de un gato saltando en la oscuridad de la noche. Su pulso se aceleró y una mano invisible estrujó su corazón amenazando con arrancarlo de su pecho al menor movimiento. Aterrorizado por la imagen decidió no apartar la vista de su tortura y observar aquellas caricias ajenas y tan suyas que no le pertenecían.

        El anhelo se fusionó con la envidia y una decepción atroz comenzó a prender desde sus huesos hacia el exterior inflamando su piel con un calor iracundo e irracional. Unas lágrimas desconcertadas se acumularon en sus ojos y sus puños se cerraron a medida que las caricias se hacían más profundas y sentidas. 

        Entonó una silenciosa canción de fuego, unos gritos que sólo él podía escuchar, pero que podrían haber derrumbado la ciudad. Las llamas lo envolvieron todo y unos caballos ardientes trotaron entre las ascuas y las chispas que giraban en aquel torbellino de rencor. Sus pies comenzaron a pesarle y el alma se le iba al piso con cada roce de aquellas rojas lenguas ígneas. El suelo se hundió y poco a poco se enterraba a sí mismo en un hoyo tan profundo como su soledad en un mundo de muchos sin nadie y de pocos con menos. La única luz en aquella tumba vacía era la suya.

        Hundido emocionalmente miró a la oscuridad de su interior y ésta le devolvió la mirada, se vio a sí mismo como su peor enemigo y trató de combatirse para no aceptar la terrible verdad. Una estocada, otra, un baile entre fuegos descontrolados y un abrazo. Se sintió, se acarició y su sombra le susurró que sus grandes odios estaban alimentados por sus inseguridades más profundas. 

        El fuego había ahondado todavía más aquel pozo negro, pero al sentir los miedos de su yo más silencioso, al consolarlo y escucharlo una lluvia torrencial se desató sobre su cripta emocional inundando en pocos segundos el abismo en el que había caído. Inhaló el agua que anegó sus pulmones con lágrimas de estrella y apagó su fuego bebiéndoselo en aquella mezcla imposible. Nadó a la superficie, vio al sol colarse en aquel agujero y al emerger, ahí seguía la escena que había desgarrado su alma. 

        Con la sutura reciente y un nuevo punto de vista sonrió, se liberó de su parálisis y fluyó hacia algún otro lugar donde encontrar más sabores como el agridulce de aquel amor platónico e imaginario. Su mayor miedo seguía siendo el mundo real.


01/04/2014 Alfredo Gil Pérez

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