martes, 25 de marzo de 2014

Raíces

        Llevaba años viajando por el mundo buscando un aliciente, algo que le hiciera comprender el silencio abrumador que se escondía en sus conversaciones consigo mismo. Era ecléctico y oscuro lo que añoraba. La falta de un sentimiento de pertenencia fruto del desarraigo le hacía buscar desesperado un aliento mágico que le impulsara hacia el futuro y le diera seguridad en el pasado. Pero ningún lugar del mundo fue capaz de llenar ese vacío. 

        Los ojos, las gentes, las sonrisas eran agradables como un día de verano, pero se sentía un espectador que no participaba de la escena. No eran sus ojos, sus sonrisas los que irradiaban calor. Muchas manos amigas se le tendieron en sus viajes, y las estrechó sediento de amistad y hermandad, pero era una amistad efímera y una hermandad de cartón en tanto en cuanto volvía a devorarle las entrañas aquel monstruoso vacío desgarrador. << Tú no eres de aquí >> le susurraba, << y tal vez no seas de ningún otro lugar >> . 

        Refugiado de guerra interior por donde pasara y emigrante-inmigrante de sentimientos, vagabundeaba buscando su suelo y su hogar. 

        Realmente ya había estado allí antes, pero guardaba alguna esperanza de no haber mirado bien, su barba canosa temblaba por la idea de no encontrar nada en aquel círculo de gigantescas piedras y sus pies descalzos pastaban la hierba que las continuas lluvias se habían encargado de cultivar. Dejó su mochila, sus pocas posesiones y entró, se sentó y esperó. El tiempo pasaba en el centro del extraño círculo y el sol se puso dejándolo con la tenue luz de la luna menguante y el ulular de las lechuzas. Sus fuerzas se apagaban y la confirmación de sus temores era palpable, nunca encontraría un lugar que pudiera tener por suyo, una gente que fuera su gente ni un sentimiento que llenara la caverna oscura que abultaba en su corazón. 

        Furioso se arrodilló y golpeó con los puños el suelo, con tanta fuerza que creyó que se había roto ambas manos. Al mirar el desastre se percató de que estaban enterradas en la tierra color cacao que se escondía bajo el manto de hierba. Lloró y sus lágrimas regaron sus manos que empezaron a alargar sus dedos para beber de la tierra de aquel círculo. Los diez apéndices se ramificaron en otros diez y estos en otros, creciendo y profundizando en aquella tierra de tumbas. Pronto un alud de sonrisas, gritos, felicidad, tristeza, frustración, plenitud penetró por los poros de su piel y se dejó arrastrar sin miedo a lo extraño de aquel último viaje.

        Un Kilimanjaro de recuerdos y un Himalaya de sentimientos irrumpieron en su mente, ojos de todas las formas, colores y tamaños posibles lo observaban y las lenguas más exóticas danzaban en sus oídos. Los dragos se mezclaban con las secuoyas y las flores de cerezo con el aloe-vera y la lavanda. Un amazonas de mariposas de cristal comenzó a girar a su alrededor, brillando con la luz de aquella última luna. Pero cuanto más profundizaban sus dedos más se alejaban unos de otros, menos clara le quedaba su procedencia, pero más satisfecho se sentía. Por mucho que se alejaran las raíces que bebían de sus manos todas iban al mismo lugar. La savia que bebía su corazón se volvió más sabia y extasiado elevó su tronco haciendo el pino y tratando de acariciar la luna con la planta de sus pies. 

        Los diez dedos de sus pies crecieron y se retorcieron y su tronco engrosó y se elevó tratando de llegar al cielo mientras su boca besaba el suelo. Bebió los recuerdos de aquella tierra y comprendió que en todo momento había estado en su hogar, con su gente y que lo que le carcomía las entrañas no era el no tener un hogar sino su incapacidad para aceptar ser feliz en aquel precioso entramado de raíces y ramas de colores, olores y sabores distintos. Pero para entonces ya era tarde, un gigantesco baobab había crecido en medio del círculo de piedras, sin miedo a su futuro y con la esperanza de poder susurrarle a los viajeros el secreto de la humanidad a través de su corteza rugosa y gruesa.


25/03/2014 Alfredo Gil Pérez

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