martes, 4 de marzo de 2014

No hay zorros en canarias

        Las nubes besaban aquella parte de las montañas creando una densa niebla que envolvía los pinos y empapaba la tierra marrón salpicada de hierba. No había nadie humano que irrumpiera en la soledad del campo y su pelaje rojizo se zarandeaba con las ráfagas de aire que arrancaban jirones de nube para jugar a las cometas. 

        Entrecerró la mirada y desde el pie de aquel gigantesco anciano verde distinguió una mancha anaranjada que se mecía como corriendo en círculos. Aulló en su dirección y sus bigotes negros se erizaron emocionados. Rodó por la hierba para deshacer el ovillo en el que se había envuelto y estiró las patitas dispuesto a atravesar aquella colina corriendo entre el flujo de viento, buscando un compañero de aventuras. 

        Después de un tramo, con el corazón desbocado y casi con la lengua fuera cruzó el último muro de niebla, un cúmulo limbo con pretensiones tras el que brillaba la luz del sol en un pequeño claro, un remanso de paz entre tanta nube. Y allí estaba su misterioso compañero, su cola dejó de zarandearse y soltó un lastimero bufido. Lo que creía un zorro era en realidad un grupo de amapolas azotadas por el aliento malicioso y juguetón de los silfos.

        Entonces lo recordó, no había más zorros en canarias. Se quitó su piel, la dobló, miró sus manos con sus cinco dedos, se irguió y fue a ocultar su desnudez en las aguas frías que había acumulado la mano del hombre en la presa que regaba su árbol.


Alfredo Gil Pérez 04/03/2014

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