miércoles, 12 de marzo de 2014

Jugando a las casitas

        La hoya estaba borboteando en el fuego y el aroma del puchero se escurría por todas las habitaciones de la casa. Las alfombras estaban limpias y la aspiradora colocada en su armario a la espera de que la volvieran a sacar para lidiar con su hambre insaciable. Los cojines ocupaban su lugar exacto y el incienso ardía lento y silencioso en un centro de mesa muy elaborado.

        La luz bañaba el salón a través de las cortinas de gasa y las plantas se erguían en sus macetas bebiendo de ella. La televisión sonaba de fondo con alguna otra noticia catastrofista y el tráfico a penas se distinguía desde aquella planta. 

        Todo era perfecto, todo estaba como debía y allí estaba ella, Paula, la maestra de llaves en aquella madriguera de altos vuelos. En el tocador sentada, maquillando sus últimos morados y conteniendo las lágrimas de rabia que le producía vivir en una casa que la oprimía y la anulaba como mujer. 

        Algo de sombra de ojos, base, polvos, perfume y la lista de la compra en un pósit junto a unas flores de disculpa, otras flores de disculpa que ya se acumulaban entre explosión y explosión. 

        Suspiró y se fijó en los ojos apagados que le devolvían la mirada desde aquella pantomima de su vida en el espejo. Cogió el rojo prohibido, subrayó sus labios de feminidad y secó sus lágrimas con una toallita desmaquillante. Fue al vestidor y escogió sus tacones favoritos, de cuando las flores no eran tan frecuentes como los besos. Cogió algo de dinero, tiró la lista de la compra porque ya no le hacía falta y tras apagar el fuego y dejar una rosa en la cocina junto a su barra de labios, recogió las maletas y atravesó la puerta para buscarse a sí misma y dejar de jugar a las casitas.

Alfredo Gil Pérez 12/03/2014

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