miércoles, 12 de marzo de 2014

Fanático

        El hábito áspero y tosco arañaba sus tobillos a cada paso, mientras ascendía por las retorcidas escaleras del campanario, pálidas y amontonadas como una horda de gárgolas que lo alejaran de su destino. Avanzaba descalzo, porque había renunciado al calzado como penitencia por la impureza de sus pensamientos y el frío de los peldaños se le clavaba en el alma como recordatorio de su culpa. Llevaba días sin pronunciar palabra por su castigo y temía que para la próxima vez que fuera a decir algo su voz ya le hubiera abandonado, cansada de esperar el estruendo de las cuerdas vocales. 

        El pelo que bordeaba su tonsura se agitó con el aire que penetraba en el campanario y se alongó para contemplar el exterior. Al pie del monasterio se extendía el pueblo, donde se celebraba la feria de sonrisas, en la que la gente compraba y vendía su felicidad. Algo tan efímero y terrenal que no merecía la pena. Corderos perdidos que no cuidaban el alma alejando al cuerpo  y sin embargo lo mimaban con igual o más esmero. 

        Escuchó la risa de un niño en la lejanía, tan sincera que un ciclón azotó su túnica y lo zarandeó dentro de la torre. - << ¿Qué ha sido eso? >> - se dijo. Y algo en su interior pareció querer romperlo para huir de su pecho. Cerró los ojos, se concentró en el frío del suelo, en el dolor de sus martirios y la pobreza de su cuerpo. Otra risa volvió a sacudirlo y las imágenes de su infancia volaron en su imaginación, agitadas por aquella corriente salvaje. 

        Abrió los ojos y, apoyada en la balaustrada, encontró un ave con el plumaje rojo y una cola que doblaba su tamaño. Frotó sus ojos y recordó haberla visto, no sabía dónde, pero le resultaba familiar. Intentó tocarla y su túnica se incendió, sus ojos se pusieron en blanco y se elevó algún palmo del suelo. - << ¿Qué pureza hay en reprimir la propia felicidad, qué inocencia guarda el reclamar la atención de un dios amenazándolo con el martirio y la humillación de lo que es plenamente humano? >> - volvió en sí. Sus ropas se habían reducido a cenizas, el alba despuntaba en el horizonte y su cuerpo vibraba saboreando desnudo la vida por primera vez en mucho tiempo. Estaba pálido, nunca había visto un sol así, tan luminoso y tranquilizador. Agarró al fénix por las patas y saltó del campanario abandonando la seguridad de aquel refugio de piedra, sobrevolando el mundo bañado por aquella luz anaranjada y libre de la idea de pecado.

        Aquella mañana no doblaron las campanas.


Alfredo Gil Pérez 12/03/2014

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