jueves, 6 de marzo de 2014

Salmón

        El río rugía furioso bajando de las montañas y aquel salmón joven aleteaba por el lecho esquivando como podía las rocas que aparecían en su camino, de punta roma pero contundentes. El agua dulce llenaba sus branquias y la promesa de un gigantesco mar salado despertaba en él un ansia visceral que besaba todos sus golpes y acariciaba todas sus escamas. 

        La luna brillaba a través del agua y su luz se reflejaba en el lecho tiñéndolo de una calma extraña y sinuosa. El agua olía a sus hermanos que también se deslizaban por el cauce y entre salto de agua y salto de agua cogían impulso y coraje en aquella carrera berserker. Era joven, estaba lleno de energía y su cuerpo se revolvía en su viaje de ida y vuelta en aquel afluente del mayor de los ríos, el mar.

        Un salto, otro, algunos mejor que otros, salía al aire y veía aquel otro mundo por momentos, lo admiraba y lo grababa en su corta memoria, quería morir allí algún día de viejo si tenía la oportunidad. 

        En uno de tantos brincos suicidas quedó suspendido en el aire, boqueando pero extrañamente tranquilo, él no iba a morir esa noche. ¿O sí? Un enorme ser peludo lo había apresado entre sus garras y lo miraba extrañado inspeccionando las heridas que le había hecho el río. 

        - ¿Te duele? - le preguntó rozando con sus garras un par de escamas que se estaban desprendiendo. El salmón negó con la cabeza y su secuestrador pareció contentarse. Parecía estar decidiendo si sentía más hambre que aburrimiento y, contra todo pronóstico, llevó al joven salmón a una pequeña charca que se había formado junto al río. Aquél extraño se echó junto al agua, miró relajado a la luna y volvió la vista a su tentempié. - ¿A dónde ibas amiguito? Siempre me he preguntado por qué la comida rápida va y viene todos los años por este río. No me quejo, no me malinterpretes, pero es extraño ese ímpetu suicida sabiendo que ando hambriento, ¿no crees? - No lo sé, - respondió el pez o el pescado - sólo hay una imagen en mi mente, un río gigantesco y salado, la libertad y enormes cantidades de agua. Sueño con ello constantemente. - ¿Un río más grande que este? No creo que exista, he cruzado muchas montañas y este es el mayor río que he encontrado. Lo que buscas es una ilusión, pierdes el tiempo. - sentenció aquella criatura. 

        - Ilusión o no quiero saber qué hay al final de este río, hay algo en mí que me empuja a hacerlo. - Pues no es bueno evitar los impulsos, pero como comprenderás no creo que te deje marchar ahora que te he pescado. ¿Y esas heridas? - No me importan, son parte de mi viaje. - ¿Ah sí? ¿Y qué te diferencia de una rama a la deriva que se choca contra el fondo? Sales igual de perjudicado en un río embravecido como este. - Yo aleteo, la rama no. - el oso rompió a reir - Ya veo que te sirve de mucho. - Hay piedras que no puedo evitar, pero por poco que consiga es algo. Además, sigo avanzando. - Seguías. - Pues eso...

        - ¿Entonces, con esas aletitas ridículas consigues algo? - Todo lo que puedo pedir - el pescado estaba orgulloso. - Y dime, ¿te ha contado alguien lo que hay al final de tu río? - No, nadie que esté vivo lo sabe, quienes lo sabían murieron para dejarnos espacio en este mundo, pero eso lo hace más emocionante. - el salmón miró a la luna más pez que pescado. - La marea debe tener otro sabor - dijo - ¿Disculpa? - Yo llamo así a ese río, el mar. No sé muy bien por qué. Pero me hace sentir bien que lo que no conozco tenga un nombre. Ojalá pudiera verlo una vez, ojalá sintiera la sal en mis branquias y descubriera si es real o no lo que sueño.

        El oso miró contrariado a aquel escamoso alfeñique que no le llegaría para mucho y sonrió. - Hagamos un trato. Te voy a dejar en el río, pero debes hacer todo lo posible por sobrevivir y volver para contarme todo lo que hay y lo que no al final de él. - el salmón respiraba el agua tratando de entender a aquel mamífero. - Cuando lo hagas serás más grande y entonces te comeré, pero tú habrás vivido tu sueño y yo me quitaré esta curiosidad que me inquieta desde hace años. - empezó a dar saltos en el agua y cuando lo liberó era pez y no pescado. 

        El oso, divertido después de aquella conversación, volvió a buscar salmones más grandes y sin esperanzas de que aquél en concreto volviera. Pues no era el primero que liberaba con esa misión y la memoria de los salmones no es muy buena. 

        Sin embargo, con el tiempo el alfeñique volvió enorme y cargado de historias que contarle al oso. Viejo y cansado, pero emocionado por lo visto. Las ballenas, la inmensidad de aquel extraño río, las medusas, los otros peces y el azul profundo de sus aguas. Pasaron noches hablando, compartiendo sus vidas y cuando ya no le quedaban historias que contar al salmón el oso le dio las gracias y se lo comió. Nunca un salmón había muerto tan feliz.

Alfredo Gil Pérez 06/03/2014

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