viernes, 28 de marzo de 2014

El hijo de las estrellas

        La criatura estaba encaramada en lo alto del tejado de aquel templo de piedra, tosco y escarpado, pero hermoso al mismo tiempo. Las vidrieras de colores recubrían todas las ventanas y el viento ululaba al filtrarse por el complejo entramado de gárgolas y relieves que protegían el edificio contra cualquier mal.

        La noche era perfecta, el aire estaba seco y el horizonte se distinguía trémulo como una mancha de acuarela oscurecida donde las luces de la ciudad jugaban con las sombras, parpadeando como luciérnagas en una caja de cemento. Todo era paz y sosiego en aquel remanso de silencio hasta que un potente ruido retumbó y no era el tronar de las campanas. Las alas angelicales de aquel ser se agitaron, algunas plumas blancas se desprendieron y se suicidaron acariciando el vacío mientras la gravedad las abrazaba. Sus delicadas manos se aferraron a la roca y alargó su cuerpo para afinar la vista de sus ojos grises e inmortales. Al proyectar su alma vio amor, vio odio, envidia, alegría, tristeza, vio bien y también mal, mucho mal. Volvió en sí agitada por aquel torrente de historias que los humanos interpretaban en el otro templo que era la ciudad y desde su santuario miró al cielo despejado y sintió una punzada extraña y melancólica en su pecho. 

        Ella no podía obrar la mitad de aquellos milagros. Había amado, pero nunca con la furia de la pasión, había obrado el bien, pero le era imposible hacer el mal, portaba la alegría, pero aquella era la primera vez que la tristeza irrumpía en su gozo celestial. ¿Le estaría afectando estar tanto tiempo entre los hombres? No le importaba, había comprendido la perfección en unos seres tan débiles y patéticos que siempre los había visto como inferiores. Odió sus alas, su espada de fuego y la artificiosa bondad que rodeaba cuanto tocaba. Arañó la piedra y deseó sentir, entendió a los caídos cuando rompieron sus cadenas, pero ella no quería caer, no tan abajo... Gritó a la noche, se preparó para volar y su corazón, constante desde que naciera de un huevo en las nubes, se desbocó. Lloró y al batir las alas su cuerpo se transformó en piedra, en otra escultura más de aquella catedral gótica repleta de ángeles, pero su rostro tenía una expresión diferente. Un ansia de libre albedrío y un brillo de comprensión sobrenatural.

        Aquella noche un ángel perdió su belleza, su toga y su infinita bondad, para nacer como un hombre más y un rayo cruzó el cielo de la ciudad cortando sus lazos con lo que pudo ser y despidiendo a otro hijo de las estrellas.


28/03/2014 Alfredo Gil Pérez

2 comentarios: