jueves, 20 de marzo de 2014

Cambios

        Pokama atravesó el bosque desnuda y hambrienta, en busca de la panacea de los dioses. Quería hablar con los espíritus y sabía que aquella era la única forma de conseguirlo. Algo agitaba las ramas y una brisa fúnebre se colaba entre las copas de los árboles por las que una luz pálida, que no se podría tratar de sol, iluminaba el lecho de raíces y helechos. 

        Tomó algunas setas mágicas, las masticó y siguió correteando por las entrañas de aquel gigante de madera dormido. A su paso los caribúes rumiaban tranquilos y los habitantes del bosque fingían no notar las vibraciones que apelmazaban las nubes de hojas que se mecían con el viento en su particular baile de san vito.

        El graznido de un cuervo la alertó de que ya estaba cerca y un zorro rojo pasó correteando entre los matorrales. Lo persiguió rogando a sus hermanos alados que le concedieran la velocidad suficiente para no perderlo y tras sobrevolar con sus pies descalzos una maraña de espinas y troncos sin rozarse, se encontró con un guardián dormido. Habían tallado un rostro en su gigantesco tronco para marcar su condición divina y de sus raíces manaba un pequeño arroyo de agua que seguía su camino colina abajo.

        Se miró en la corriente y su pelo negro azabache y sus ojos rasgados le devolvieron la mirada. Tomó agua entre sus manos y la bebió con una sed sobrenatural que hizo que su sabor pareciera dulce como la miel. Al volver a mirar, sus dedos rezumaban un líquido con brillos azules y violetas. Cogió tierra y con la fuente de colores que ahora corría a su lado formó el barro en el que se forjan los sueños. Lo restregó por sus pechos y entonó las canciones que ya muy pocos hombres recordaban. Músicas de otro tiempo cuando corríamos desnudos por el mundo y nos dejábamos guiar por la visceral llamada de la naturaleza. 

        Cerró los ojos, siguió cantando y al abrirlos besó aquel rostro de madera que la observaba inerte. Las raíces del árbol se retorcieron y su gigantesco cuerpo crujió recibiendo algún nuevo tipo de peso. - ¿Qué te pasa querida, por qué despiertas al bosque? - preguntó el guardián limpiando las telarañas de su boca. - Noto algo señor, algo para lo que los hijos del bosque no estamos preparados. Algo que desconozco y me asusta. - Se acercan tiempos de cambio querida, tiempos de muerte y pérdida. Y ahora nos toca sobrevivir al embate de las olas que llegan desde el este. - Pokama sintió cómo su corazón daba un vuelco. Sus sueños eran ciertos, era el principio del final de los días para su gente. Envidió la inmortalidad de aquel dios del bosque y una rabia infinita le arañó la humanidad. 

        - Yo soy inmortal porque así tu me piensas. - adivinó el guardián - Sin embargo, cuando mueras, cuando no haya nadie que me rece, ¿qué será de mí?, lánguido y sin fe para cambiar el mundo. Un eterno desecho consciente en el imaginario del más frío vacío. - el rostro volvió a su forma original y una culpa inmensa invadió el corazón de Pokama. Los humanos fluimos con el tiempo, pero a aquel pobre dios olvidado le esperaba un silencio absoluto, aguardando al hacha que habría de derribarlo. O eso le había contado el agua. 

        Sea como sea, hay cosas que es mejor no decir.


20/03/2014 Alfredo Gil Pérez

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