viernes, 7 de marzo de 2014

Anzuelos de verano

        Las olas rompían contra las rocas de lava muerta que había quedado petrificada en la costa como si una medusa la hubiera mirado directamente a los ojos. El sol quemaba el paisaje con su potente luz y la brisa hacía la contraparte refrescándonos con su beso salado.


        Allí estaba mi padre caña en mano, encaramado a una roca y robando peces a Neptuno para esconderlos en un cubo azul que hacía las veces de mar. Ya había desistido en ponerme a pescar, porque mi edad me robaba la paciencia y los peces boqueando me daban tanta pena que aprovechaba la menor oportunidad para soltarlos o quejarme de que eran demasiado pequeños. Sin embargo, no me aburría en aquellas calas de piedra y arena dorada. Aprovechaba para escalar como un mono y perderme por los escarpados riscos que amenazaban con lanzarse al mar. 

        De cuando en cuando me sentaba y giraba la vista para comprobar que no se había escapado. Seguía allí, esperando un tirón, quieto como una roca más, erguido contra el sol.

        Me zambullera en el agua cristalina para refrescarme y bucear o echara una siesta siempre estaba allí. Tal vez molesto por mi ineptitud para la pesca, pero sonriente y misterioso en su silencio, bromeando con las olas que agujereaba con sus lances. Como siempre ha hecho, ahí para las caídas y observando de reojo las piruetas en los acantilados.

Alfredo Gil Pérez 07/03/2014

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