jueves, 13 de febrero de 2014

Yami'a

        Las clases de la yami'a habían tocado a su fin y el sol se dirigía a su lecho de occidente. La muchacha cruzó los biombos decorados con preciosos motivos florales y tras varias miradas furtivas atravesó la puerta que la separaba de su amor. La cerró con sigilo y como hacía religiosamente cada tarde lo tomó entre sus brazos y se escurrió a la balconada de aquel solitario despacho donde amaba y se dejaba amar.

        Contempló el bosque de minaretes y cúpulas que salpicaban la ciudad. El color de las telas del zoco, las especias y las ropas de la gente bañaban en un puntilleo arco iris las angostas calles. Retiró el velo de sus labios y sus ojos de un verde pálido se centraron en él mientras lo besaba.

        Estaba tranquila, su amor furtivo estaba protegido por el jefe de la yami'a que lo consentía con su silencio. Sirvió algo de té en su taza con incrustaciones y abrió la tapa de cuero tras la que aguardaban sentimientos, versos y besos, muchos besos.

        Vagó desnuda y profana entre sus páginas. Una sombra de tinta bajo la luz de la luna y las estrellas mientras la ciudad de la arena dormía.

        Las casidas lamían su cuerpo y los amores perdidos le incendiaban el alma, le exigían que escribiera. Y lo hacía. Amparada en la oscuridad y la lumbre de la lámpara de aceite clamaba por unos labios, unas curvas, que tal vez nunca conociera. Era poeta anónimo y mago de los sentimientos que pintaba en las hojas que misteriosamente aparecían en el balcón al amanecer.

        Los Djin susurraban con los vientos que iban a escuchar su profundo afecto por el arte, los elementos vibraban con sus palabras y la yami'a lloraba por no contar entre sus alumnos con una vida tan pura y llena de dones.

        Tras amar sus rimas acabó exhausta sobre el resultado, saboreando el murmullo de aquella urbe que ignoraba la belleza que había plasmado una mujer. Unos versos que sólo leerían unos pocos y que habrían llenado de luz a otros muchos de haber podido escribir las hijas de Hawwa. 

        Un Djin la abrazó para protegerla del frío, un ifrit apagó el fuego de la lámpara conmovido por su pasión y el dios Wadd lloró mientras el viento se llevaba volando las páginas que habían quedado sueltas. Al amanecer todo acabaría y ella volvería a ser la sirvienta que limpiaba el ajuar de los alumnos.

Alfredo Gil Pérez 13/01/2013

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