jueves, 16 de enero de 2014

Olor a nostalgia

        El avión llegaba con retraso y el aeropuerto era un mar donde olas de gente iban y venían salpicando de pasos la tierra firme. Esperó algo más de lo normal por sus maletas que parecían no querer llegar y las recogió con sus nudosos dedos de la cinta transportadora como quien consigue un premio en la grúa de los recreativos.

        Atravesó los infinitos corredores abarrotados de caras desconocidas con sus historias a cuestas, silenciosas salvo por la expresión que tenían mientras avanzaban como autómatas sumidos en sus propios pensamientos. Las luces de la terminal eran intensas y la noche del exterior y el frío no tenían cabida en aquel templo de Hermes sin sacerdotes pero con azafatas.

        Salió por la última de las puertas en su viaje, algo desconcertado. Entre la jauría de familiares, amigos y touroperadores no era capaz de encontrar sus facciones y algo en su interior se inquietó. ¿Y si había hecho mal? ¿Y si no había ido a su encuentro asustado por encontrar a alguien después de tantos años y verlo tan cambiado que sólo pudiera distinguir cómo el tiempo ha pasado entre los dos dejando un abismo de por medio? Un barrido con la mirada, otro...

        - Disculpe señor, creo que se ha equivocado de vuelo. - el corazón le dio un vuelco al reconocer el timbre de voz, sus canas se erizaron a la defensiva, jurando que era imposible, y una sonrisa ocupó su cara sin haberle consultado. Ni siquiera se molestó en ver lo que había hecho de él el tiempo, lo abrazó, lo abrazó con tanta fuerza que podría haber partido sus huesos de habérselo propuesto. No quiso soltar la presa por miedo a que se desvaneciera en el aire y despertara en su cama víctima de un sueño pesado. Mantuvo la cara escondida en su pecho para que no lo viera llorar.

        Y allí estaba, su olor, tal como lo recordaba. Ese olor le penetró el alma y lo arrastró a las risas de dos niños que jugaban entre las olas en una playa de arena dorada y aguas frías. Recordó los mil encuentros y las dos mil despedidas, los besos, los juegos, las promesas, las discusiones y las conciliaciones. Recordó todo lo que fue y lo que no pudo ser y se sintió un adolescente encerrado en un cuerpo envejecido con mucho aun por recuperar.

        En aquel momento el tiempo se apiadó de dos viejos idiotas y quiso que apenas un instante se hiciera eterno. Antes de separarse y salir juntos de aquel aeropuerto ya se habían devuelto diez mil besos y veinte mil te quieros.


Alfredo Gil Pérez 16/01/2013

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