lunes, 13 de enero de 2014

Lágrimas de metal

        Una saeta voló muy cerca de su rostro y el cuero de su armadura parecía desafiar la lluvia de flechas que abatía aquí y allá a sus compañeros. La barba cobriza se mecía ausente en su carrera como si aquello no fuera con ella, mientras las calles de la ciudadela se manchaban de sangre, cadáveres, ruinas, horrores y desolación. 

        Un niño temblaba escondido tras alguna puerta, una madre salvaba a sus hijos del fuego y un amigo lloraba la pérdida de otro enarbolando su espada como la bandera de su dolor. Los gritos y el crepitar de las llamas hacían la música para aquella danza de guerreros que se besaban entre estocada y estocada midiendo su filo como navajas.

        Allí estaba él, la primera piedra, el eje sobre el que giraba la marcha macabra de aquella rebelión, el conde responsable del burgo. Un demonio sin pezuñas pero sin alma, un mal que pedía a gritos ser cercenado sin piedad. Avanzó corriendo para alcanzar al canalla, levantó su arma y cuando vio sus ojos asustados y la sangre que recorría su mandoble la realidad le golpeó en la cara.

        Enterró el acero en el suelo y se arrodilló rindiendo tributo a su moral, llorando su inocencia y destilando mil perdones mientras se derrumbaba.

        El conde aprovechó la ocasión, entre extrañado y furibundo, para separar la cabeza de Beltrán de sus hombros. Y mientras se desprendía, una lágrima mojó la tierra apisonada despertando a todos de aquel banquete de carne. Enemigo y enemigo se miraron, sacudidos por algo más fuerte que la rabia pero más silencioso y tímido que el odio vieron lo que realmente eran.

        Donde la ira incendia el campo y la venganza dispara saetas, el sabio entierra la espada y espera.

Alfredo Gil Pérez 13/01/2013

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