martes, 7 de enero de 2014

La pintura de Claudia

        El lacito verde torcido que adornaba el pelo negro de Claudia se zarandeaba al compás de los saltitos que daba por el pasillo de aquel coloso frío, impersonal y repleto de cuadros. La mirada perdida de su perro de peluche era la perfecta expresión de lo que pasaba por la cabecita de la pequeña. - No lo entiendo Pituso, ¿qué es lo que ve mi abuelo en todas estas pinturas aburridas? Me pide que las escuche, que las entienda... pero sus bocas están quietas y me siento sola navegando por estos pasillos tan grandes y silenciosos. - se paró frente a una en particular que le llamó la atención. Todas eran raras, pero en esta una mujer con el cuello larguísimo miraba al horizonte, misteriosa. Algo parecido a unas rosas blancas adornaban el cuadro y en una plaquita se podía leer su nombre. - Jac.. Jacquel... Jacqueline y las flores... - vocalizó con dificultad la pequeña. 

         Volvió a dirigir la mirada al cuadro y observó como un hilo de pintura negro se mecía sobre la ropa de aquella tal Jacqueline. - Me pregunto si... - tiró del hilo y poco a poco fue saliendo más del cuadro, mientras se deshacía entre sus dedos la pintura. La mujer movió sus ojos estrellados para encontrar los de Claudia y le susurró - Picasso... - el hilo comenzó a salir con más velocidad y Claudia sintió la pasión de sus pinceladas, las caricias, el calor, la dulzura de la inspiración y la amargura del perfeccionismo. Saboreó toda una vida vitalista y se dejó embriagar por la melancolía del eterno amante y artista. Unas manos, otras, pasaban sin pausa y todas dejaban su huella en los pigmentos apelmazados. Exhaló su aliento y el vapor que empañó sus ojos le hizo ver el mundo cubista. La fuerza y la sensualidad de las líneas la arrastraban por la sala tirando de sus ojos y de su corazón. Se dejó llevar por la corriente, de cuadro en cuadro, arrancando hilos de sentimientos y tejiéndolos tras de sí como una ola que rompía en dirección a la salida, cada vez más grande, furibunda y palpable.

        Al atravesar la puerta de salida, tras ver hasta la última de las obras, respiraba con dificultad. Miró sus manos y las yemas de sus dedos brillaban con infinidad de colores, su corazón estaba desbocado y Pituso parecía tener una sonrisa más sincera y alegre. Se alejó asustada en busca de su abuelo, y tardó mucho en comprender lo que había pasado. Jacqueline volvió a mirar a su horizonte y suspiró. Lo había vuelto a hacer, había vuelto a inspirar un alma. Aquel día había nacido una artista.


Alfredo Gil Pérez 07/01/2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario