domingo, 26 de enero de 2014

La bruja de Judea

        El pequeño Datiel avanzaba dando tumbos por la vereda, ascendiendo a duras penas la empinada montaña para llegar a la cueva de la bruja Levana. Los cedros se sucedían en un amasijo de troncos que agradecía la lluvia a los cielos de la creación estirando sus ramas correosas y abriendo sus hojas verdes al sol de la mañana que despuntaba en el horizonte. A sus espaldas el desierto de los Malohua dormía y su pueblo, en las faldas de los montes de judea, ya había sacado al ganado de los establos. 

        La casa de la bruja estaba horadada en la roca y parecería una puerta a los abismos de no ser por el manantial que fluía de su fachada y la variedad de plantas y enredaderas que se arremolinaban entorno a su tierra labrada. Un milagro de Yahvé, o tal vez el fruto de unas manos hábiles y una mente aguda.

        La anciana lo esperaba con un cazo de caldo entre sus manos, sorbía sentada en un taburete tallado en piedra y adornado con todo tipo de extraños símbolos. Del techo colgaban toda clase de abalorios y hierbas secándose, en el centro de la estancia había una bóveda abierta al cielo por la que entraba la luz del alba iluminándolo todo y aquí y allá se distribuían puertas cerradas. El hogar estaba encendido y el olor a hierbas aromáticas hacía de esa cueva un lugar confortable. - Ahí está tu encargo mi pequeño Benshem, - señaló una botellita de cristal sumerio rellena de un líquido rojizo. - siempre me sorprenderá cómo buscáis ayuda en una hija de Lilith y luego nos condenáis.

        Las arrugas surcaban la cara de la anciana y sus ojos grises, sobrenaturales, destacaban sobre el largo pelo negro salpicado de canas y su tez oscura. - Levana, eres la mujer más anciana que he conocido, - señaló sorprendido por el repentino coraje que le había embriagado frente a la maestra de las artes - ¿qué se siente al vivir tanto, qué le pasa a los hombres cuando eluden a la muerte durante tantos años?

        El rostro de la anciana se iluminó con un brillo nostálgico y el sol entró con más fuerza por el orificio de la bóveda. - Mi pequeño Benshem, cuando un hombre o una mujer arañan muchos ciclos el alma madura. Puede que no sea más feliz, ni tan inocente como al principio. No consiste en eso. Pero si lo haces bien te sientes más plena y más sabia. No hay magia ni dioses en ello, chiquillo. El tiempo es un labrador paciente y la vida una semilla que si no se marchita se deja moldear a su antojo. - por un momento la luz del sol reflectada en los abalorios le cegó y creyó ver a una niña en la cara de Levana, un chiquilla que se había mantenido viva en un cuerpo maduro a pesar de la aridez de los vientos del desierto. 

        Abandonó la cueva tras pagar su hechizo con unas pocas monedas y sintió envidia de sus canas y de las cosas que habría vivido aquella bruja astuta.


Alfredo Gil Pérez 26/01/2013

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