lunes, 20 de enero de 2014

El zorro y la zorra

        La noche era fría y en su soledad tronaba el traqueteo de unos tacones sobre las baldosas del sendero que cruzaba sinuoso la oscuridad del parque. Un mechón castaño se liberó de su elaborado peinado y se zarandeó con la brisa que arañaba el interior de aquel bosquecillo artificial, como el rojo intenso de sus labios. El olor a tierra mojada y el sonido de los aspersores que se habían activado a aquellas horas simulando una cíclica danza de la lluvia coloreaban las sombras y cansada como la luna que había decidido desaparecer se sentó en un banco torneado en la madera.

        Suspiró, observó el lugar por el que había llegado y miró hacia las estrellas. Se quitó los estilizados zapatos malva oscuro, de un tacto aterciopelado y acarició el dolor de sus pies. Acarició también el dolor de su alma y mimó su orgullo. Ella no había sido siempre así, deambulaba por la noche, pero con menos pesar en su corazón y una sonrisa más lustrosa. 

        Se detuvo a contemplar el firmamento en silencio y se dijo - supongo que cuando te planteas seriamente si algo está bien lo más probable es que no lo esté para ti. - pero también es el primer indicio de que te acercas a algo, si no mejor, al menos más madurado. - le respondió la voz de un zorro agazapado tras su butaca en el cine de las estrellas.

Alfredo Gil Pérez 20/01/2013

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