martes, 24 de diciembre de 2013

El cazador de sueños

        El cazador de sueños recogió su capucha y con el viento onírico en contra lanzó su boomerang esperando golpear a la deforme criatura en la cabeza, pero en la oscuridad de las pesadillas no se escuchó ningún golpe seco y tampoco el arma volvió volando como solía hacer.

        No lo podía creer, se lo habían advertido, pero no lo contemplaba como una posibilidad. Se había perdido en sus propios miedos, y una vez allí es muy difícil regresar a la apacible luz de la realidad.
Encendió una vela de loto que llevaba en su bolsillo y la lumbre cálida y aromatizada llenó el vacío haciendo que las sombras se asustaran, retirándose algunos metros, pero acechando hasta que se consumiera la candela para volver a arañar su valor.

        El suelo de aquel extraño lugar estaba cubierto de cenizas y sobre una pilastra vestida con telarañas reposaba una caja morada repleta de piedras preciosas incrustadas.
La abrió y descubrió allí su fiel arma secreta para equellos casos, un recuerdo feliz, su diario de sonrisas, donde escribía sólo aquellos momentos que quería llevarse consigo al reino de los sueños, por si olvidaba quien era.

        Las sombras rugieron espantadas al escuchar la primera línea y las tinieblas se convulsionaron violentamente tratando de resistirlo. El boomerang le golpeó en el hombro finalizando así su trayectoria y aquella bolsa de horror se desvaneció sin dejar rastro.
Porque a veces sólo los recuerdos alegres nos susurran dónde tenemos los pies y dónde guardamos nuestro corazón.


Alfredo Gil Pérez 24/12/2013

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