viernes, 6 de diciembre de 2013

Baile de centellas

        El cielo rugía con unos truenos desgarradores y una lluvia gruesa y salvaje se precipitaba sobre el tejado de Erik. Sus ojos grises observaban observaban desde el dintel de la puerta cómo el mundo hacía aguas y el baile de luces que tenía lugar en la cima de la colina entre retumbe y retumbe.
Desde niño había admirado aquella escena y su mayor anhelo era acudir en medio de una de aquellas tormentas que azotaban sus tierras con relativa frecuencia.

        Normalmente se contentaba con esperar a que pasara el peligro e ir a averiguar qué nuevas zonas había calcinado la furia de los dioses. Pero aquella noche el hecho de que los truenos fueran la única luz en el cielo lo hacían aún más atractivo.

         No fue hasta que vió aquella centella brillante en la cima, girando constante como un gatito remolón, cuando su curiosidad pudo con él. Mordió su labio y dió los primeros pasos azotado por las gotas, algo dubitativo. Auque a medida que avanzaba su deseo se volvía más firme y poderoso, seducido por el terror, la adrenalina y el morbo de lo desconocido.

        Tardó más bien poco en alcanzar la cima, pero todo parecía haber acabado a su llegada. El suelo humeaba aquí y allá, no había ni rastro de las corrientes eléctricas y una lágrima de desconsuelo rodó por su mejilla junto con las de las nubes.
Se descalzó para palpar la tierra calcinada y tratando de ahogar la pena empezó a bailar en círculos, como un chiquillo que jugara inocente con el viento, y el viento acudió a jugar con él. 
Agitó los brazos en el aire y sonrió bajo la lluvia, empezó a cantar con una voz grave y sensual, y el cielo se unió a su voz rugiendo torpe con los truenos lejanos.
Notó que su vello se erizaba, abrió los ojos y la vió. La centella bajó del centro de la tormenta haciendo espirales, parecía tantearlo y él continuó con sus pasos de baile exigiendo una pareja que lo acompañara.

        Al alcanzarlo, lo elevó violentamente en el aire y comenzó a hacer piruetas abrazado por aquella luz azul y sanguinaria.
Se dejó arrastrar por la parca luminosa y sus ropas se evaporaron entre giro y giro. Otras centellas se unieron en la colina y aquel ronroneo que escuchaba desde la seguridad de su hogar ahora era un ensordecedor clamor que le atravesaba la columna y lo llevaba volando de un lado a otro sin ojos que vieran aquel prodigio.

        Tras pasar de centella en centella había ganado mucha altura, con el corazon tan desbocado que no lo sentía y un latido en la boca que superaba cualquier emoción que hubiera experimentado antes. 
Su cuerpo notó la atracción hacia el suelo y comenzó a caer como un peso muerto. Pero antes de tocar tierra la centella se avalanzó sobre él, lo recogió, de haber tenido boca lo hubiera besado y unos ojos de chispas se centraron en los suyos. 
Se sintió ligero y avanzó entre sus amigas rebotando por los nubarrones, creando arcos de luz. - Cuando acabe la tormenta bajaremos a tierra para dormir y escondernos del sol hasta que vuelva el velo de nubes negras. - le dijo una de sus acompañantes. - Él tiene celos de que podamos iluminar la noche, pero tranquilo, a nosotras no nos crean ni nos destruyen, simplemente nos transformamos.

        Y así, consumido por la violencia de una fantasía peligrosa, su cuerpo quedó irreconocible bajo la lluvia. Pero algo de sus sueños y su valentía por vivir recorre este mundo en las noches de tormenta iluminando las almas sin luces.


Alfredo Gil Pérez 06/12/2013

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