viernes, 8 de noviembre de 2013

Un buda inesperado

     Aquel patio interior se cerraba sobre ellos como una muralla de intimidad, un cerro de bloques montañosos que escondía un valle de maravillas inimaginables esculpidas en azulejos y baldosas.
La lluvia se suicidaba, desangrándose gota a gota y precipitándose por las tejas como una cascada que va a morir al sumidero con su característico tintineo -Tip, tap, top. - se mojaban los cristales, la ropa, las plantas, pero no lo hacía yo.

     Empotrado en su sillón, emanando humo como un dragón meditabundo, consciente del valor de su guarida, aquel buda sin pretensiones de serlo hacía círculos y barquitos con el alma del tabaco que liberaba el fuego. 

      Apostado en su silla, uno de los dos espectadores hizo la pregunta con una voz verde esperanza y el otro la resaltó con púrpuras. 
El buda abrió la boca y un gusano de humo azul se arrastró desde su interior, como atraído por los brotes más tiernos de una morera. Comenzó a tejer y se quedó pendido en forma de capullo de sus labios, esperando, tal vez, un día más cálido para desplegar sus alas.

     Confundidos volvieron a preguntar al buda, lo acribillaron a rosas, rojos, amarillos, naranjas e incluso a blancos y a negros, que estaban prohibidos por ser totalitarios. 
Pero el buda se limitó a ingerir más humo y a esculpir con su lengua una suerte de pájaro de fuego, extinto entre las brasas de aquella hierba mágica, que desplegó sus alas en un alarde de renovación. 
Alzó el vuelo entre las gotas de lluvia que lo bombardeaban en sus ansias de libertad, sin importarle el frío o la humedad.
En ese momento la crisálida se resquebrajó y una mariposa gris se elevó tras el ave que podría acabar con su vida, conmovida por su lucha, aleteando contra la brisa y un torrente de problemas líquidos.

     El buda abrió la boca ya sin humo y dijo: Todos nos acercamos inexorablemente a la muerte mientras admiramos la belleza y magnitud de la vida, lo importante es la elegancia con la que batimos las alas y la plenitud que bebemos con cada aleteo de nuestros corazones.

     Se apagaron las luces de aquel patio de secretos y sólo el sonido de la lluvia desafiaba la tenue luz de aquella luna en cuarto menguante.

Alfredo Gil Pérez 08/10/2013

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