domingo, 17 de noviembre de 2013

El tambor malohua



                En aquel desierto abrasador, un río de magma de caramelo, una arena del tiempo que se mantiene como polvo en suspensión, suelo que pisamos y serpiente que se desliza por las dunas acechando a algún incauto para envenenarlo con la ponzoña de la deshidratación, vivía la zahorí.

Era una bruja poderosa, o eso afirmaban los malohua. Las tormentas se arrodillaban a sus pies, las nubes bailaban con su canto y los peligrosos diablos del desierto, entes mestizos de viento, humo, odio, cristal y arena, acataban las ordenes de su tambor como un perro adiestrado.



                Cuando la tuve enfrente miré en sus ojos grises que le iluminaban la piel tostada, y el hueso de su nariz pareció reírse de mí. 
Una verdad tan fría como el hielo, tan mortal como el escorpión , me carcomía. - ¿Si tienes todo ese poder, por qué no haces que llueva? – Y la bruja del desierto me besó con la sal de sus labios y susurró a mi oído. - ¿Acaso los hombres merecen ver cumplidos sus caprichos a costa de la muerte de una criatura tan maravillosa como este titán de arena? Yo… no lo creo. –Se fundió en el desolado paisaje y por primera vez comprendí que toda esa muerte, era vida.

Alfredo Gil Pérez 17/11/2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario