miércoles, 27 de noviembre de 2013

Colmillos de madera


        Su voz reverberaba entre las hojas como un eco olvidado que ya no respondiera a sus labios; libre, rebelde, vivo, pero perdido en la oscuridad que creaban aquellos árboles tan ancianos.
Sus pies deambulaban taciturnos sobre el lecho de ramitas, piedras y raíces que sobresalían de la tierra tratando de buscar un aire más puro o la luz del sol que hacía eones no veía aquel suelo. Un fantasma que ocupaba los ensueños de las entrañas del bosque que había abandonado su verdor por la palidez de un vampiro, una fuente de energía perdida que ahora chupaba de los troncos de los árboles como una sanguijuela de felicidad, incapaz de producir la suya propia, acumulando los recuerdos de la savia de las copas de los árboles e imaginándolos tan suyos que era capaz de sentir la luz de las puestas de sol, las primeras estrellas o el aroma que traería consigo el viento del este, a pan tostado, a ciudad y risa de niños, muchos niños.

        Jean, que vagaba escuchando las lamentaciones que carcomían las entrañas de aquél gigante verde, se descalzó, palpó la tierra húmeda, se limpió unas gotas de savia, retrajo sus colmillos de madera y con sus ojos verde esmeralda, tan profundos como el corazón de aquella selva de hojas, miró a la cúpula que formaban los robles y las hayas para abrigarlo en una eterna noche, pero - ¿De qué sirve la eternidad si no podemos jactarnos de ser omnipotentes, si tenemos eternas prohibiciones que nos hacen sentirnos eternamente tullidos e imperfectos? -se dijo. Extendió sus delicadas manos y sus uñas cubiertas de corteza y moho hicieron danzar unas ramas que lo elevaron ante el asombro de sus silenciosos amigos que empezaron a quejarse con el crujir de sus troncos al viento, nerviosos por lo que pudiera pasar. - Tranquilos queridos míos... La diferencia entre una maldición y una bendición es poder decidir sobre ella y afortunadamente, me han bendecido con la vida eterna... - a otro gesto de sus estilizados dedos la copa de los árboles se abrió con un crujido y un alud de hojas verdes y secas se precipitó sobre su cuerpo dejando pasar los primeros rayos de luz. Pronto se empezaron a abrir otros claros por el bosque mientras el sol calcinaba cada centímetro de aquel cuerpo que había visto demasiadas lunas y muy pocos soles.
Un amasijo de cenizas y huesos calcinados se precipitó tras las hojas y una sonrisa se quedó fijada en el aire, como una pintura en algún cristal de éter que pasara por allí de casualidad y sin comerlo ni beberlo se hubiera convertido en el único recuerdo de aquello por lo que el bosque se había encerrado en sí mismo.

        El espíritu de Jean miró su creación y vio el primer brote verde en aquel lecho desnudo, se dejó llevar por el viento y cerró su alma, consciente de que, a fin de cuentas, la eternidad puede llegar a parecernos muy poco tiempo.


Alfredo Gil Pérez 27/11/2013

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