jueves, 10 de octubre de 2013

La danza

     El lugar estaba abarrotado, las fogatas desprendían su característico olor a madera calcinada y el crepitar de las llamas se confundía con el murmullo de la gente que conversaba animada. 
La cosecha había sido abundante ese año y la fiesta prometía ser grandiosa. La felicidad y un sentimiento de seguridad colectivo se dibujaba en todas las caras, e incluso los que vivían en las zonas más recónditas de la región habían acudido a la celebración anual.

     Tras el ocaso, y con los estómagos saciados por la cerveza negra y todo un banquete comunitario, la banda subió al escenario con sus tambores, flautas, cítaras, gaitas y demás instrumentos. 
La expectación sobrecogía todos los corazones allí presentes y el sonido de la primera gaita que abría el baile fue recibido con un rugir colectivo de euforia. 
Pronto, los instrumentos se turnaron y se persiguieron en un sinfín de canciones que eran bien conocidas por aquel público que bailaba descalzo sobre la hierba mojada y bajo las estrellas.

     En ese momento, Sebastián, un joven pastor de las afueras, lo sintió. 
Se sumió en el vacío y se encontro completamente solo a pesar de estar rodeado por una multitud que danzaba en círculos, felices y ebrios. 
Un susurro cálido le acarició los oídos y vio las notas volar por el aire con infinidad de matices y colores. Algo se apoderó de su cuerpo y cada fibra de su ser empezó a palpitar con vida propia. 
Su corazón se aceleró y las ganas de moverse con la melodía lo consumían, a pesar de que nunca se había atrevido a hacerlo.

     Ejecutó un primer giro algo torpe, trastabilló y se le nubló la vista. Miraba sin ver, pero oía escuchando y dejándose engatusar por las sirenas de la banda. 
Los pasos se fueron sucediendo como una coreografía salida del alma y se dejó llevar casi en éxtasis. Se abrió un círculo a su alrededor y la gente se paró a contemplarlo, atónita, pero él estaba ajeno a todo aquello, en un trance casi sagrado. 
Fluía con el ritmo y como un instrumento más de aquella banda cantaba con sus movimientos una oda a la felicidad, las ganas de vivir y la pasión que lo sacudía y emanaba de su danza como un león hambriendo de ansias de libertad.

     Nunca supo si fue una hora o tal vez toda la noche, pero lo cierto que es que su energía se propagó como la pólvora y pronto todos los asistentes vibraron, como cuerdas de una cítara bien afinada, bajo la luna, sin orden, pero en concierto; trazando un complicado tapiz de sentimientos musicales que hicieron de aquella danza la mejor que se recuerda en las fiestas de la cosecha.

     Tal vez esa noche rozaron lo divino con sus pies desnudos, tal vez despertaron algo más antiguo que la palabra y más poderoso que la fuerza. Porque sin duda en aquella velada de grillos mudos, zorros tontos y lechuzas soñadoras descubrieron el verdadero significado de lo que es bailar.


10/10/2013 Alfredo Gil Pérez

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