miércoles, 30 de octubre de 2013

Esos pequeños momentos

     -Toc, toc, toc... -sonó desde el interior de su pecho de latón un golpeteo desesperado. La compuerta se abrió y un humo azul turquesa emanó de aquel maniquí sin rostro ni corazón que lo seguía con la faz lisa y distraída.
El sol atravesaba aquel humo coloreando todo del mismo tono, como si se tratara de las vidrieras de una catedral que se evaporaban aferrándose a su condición de cristales decorativos.
La sombra de un pájaro se proyectó en la pantalla improvisada que era la columna de humo y de haber tenido rosto el maniquí habría sonreido. 

     Abrió los brazos y fingió volar, y voló, y se elevó, y cruzó el humo que antes fuera su corazón con la compuerta del pecho abierta buscando uno nuevo. Agarró al pájaro que aleteaba alegre y lo introdujo en la cavidad ansiando su libertad y plenitud, pero el pobre pájaro se entristeció en el oscuro interior de aquel prototipo de persona y pronto volvió a liberarlo dejándolo marchar.

     Oyó las risas de unos niños en un parque cercano a la ciudad y voló hacia allí como un globo arrastrado por las corrientes, atrapó los sonidos y los guardó en su pecho. Era melódica y alegre la sensación que le producían, pero aquellas risas no eran suyas y sólo le recordaban su imposibilidad para reir sin boca.

     Desesperado voló a la ciudad y el ruido, el humo y la envidia que le produjo escuchar todos aquellos corazones rugiendo en la selva de asfalto se encargaron de dejarle claro que nunca tendría un corazón, que era un maniquí, que el plástico, la madera y los otros materiales no estaban vivos porque no eran tan buenos como las personas, aunque alguien hubiera decidido darles su forma.

     Deprimido se sentó al borde de una azotea cualquiera y ocultó su vergüenza entre las manos lisas. 
Dejó de observar lo que había fuera y lo notó, su pecho vacío producía un sonido propio, un sonido sordo que sólo él podía distinguir, pero que era auténtico y original.
Alzó la vista y se sorprendió al descubrir que comenzaban a flotar humos de todos los colores y los habitantes, humanos o no, flotaban en el aire con el pecho abierto y la mirada perdida.

     Cerró su compuerta satisfecho y disfrutó de la visión de aquella búsqueda ajena, ya que con latido o sin él todos andamos buscando nuestro corazón...

     -Alfredo, ¿me estás escuchando? -Sí, perdona Mario, me había ido a mi mundo...

Alfredo Gil Pérez 30/10/2013

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