miércoles, 2 de octubre de 2013

Divina locura

     Argus recogió su túnica larga mientras alcanzaba los últimos peldaños de la entrada al manicomio, aquel templo donde residían los besados por los dioses, los que estaban en contacto con los olímpicos, daimôn y demás entes. 
Giró sobre sus talones antes de entrar y observó con angustia la empinada escalinata que lo había llevado a la cima de aquel monte, blanca, refulgente bajo el sol del alba. Había llegado a tiempo para el ritual y todo parecía estar en consonancia con el místico momento.

     Volvió a girar y el colorido friso del frontón, con escenas de danzas y banquetes, sostenido por unas columnas corintias que parecían salidas de alguna espesa selva de oriente le daba la bienvenida. 
Dentro las cítaras, los tambores, el coro, las siringas y un aulo solitario se trenzaban con una neblina de sahumerios de hierbas aromáticas que se deslizaban sinuosos, como una víbora hambrienta de fieles. 

     Sus sandalias se le adelantaron y penetró en la mansión de los poco cuerdos, atravesó los velos que marcaban el recorrido, se colocó el himatión y como privilegiado filósofo que era se le permitió acceder a la zona más sagrada del recóndito oráculo.

     Una sala ricamente decorada se abrió ante él. Un portón que llevaba a lo que parecía una balconada permitía que los rayos del sol naciente, arrastrado por el carro de Apolo, se centraran en un único punto, el centro de la habitación, que estaba ocupado por un muchacho encogido sobre sí mismo, que cabeceaba al ritmo de la música con una expresión ausente. 

     El romero, la lavanda, el incienso y otras hierbas que no pudo identificar luchaban por hegemonizar el ambiente y de pronto, desgarrando aquel aire cargado de sutileza, la música subió su ritmo y el coro, arrastrado por las bases, se mecía en armónicos tonos elevando los espíritus de los allí presentes. 

     El muchacho se levantó con violencia y como poseído por una necesidad inhumana daba piruetas y bailaba al son de aquella oda a la impulsividad. 
Una sensación de vergüenza, no sé si ajena o propia por no estar inmerso en aquel sentimiento sacro, le erizó el vello y le heló la piel. Notó el aliento escapándosele y los ojos se le anegaron de lágrimas. 

     Allí seguía aquel joven efebo, vibrando como las cuerdas de una cítara, con su propia música corporal, hablando por los que no tienen boca y seduciendo a los presentes con su aura sobrenatural. 
Una pirueta más, otra, dos giros sobre sí mismo, el contoneo de brazos, piernas, cadera, su cabeza bamboleante. Y de pronto lo vió, lo que andaba buscando. No estaba seguro de si lo había visto o lo había querido ver, pero en uno de sus saltos apareció la figura de otro muchacho sosteniéndolo en el aire y susurrándole al oído. Un último golpe de música y el chico cayó al suelo en lo que le pareció una eternidad al pobre Argus; dijo algo que no escuchó, porque aún seguía conmocionado por la escena. 

     El bailarín giró el rostro hacia el portón dejándose acariciar por los últimos rayos de sol que se despedían para iluminar el cielo. Y la sensación de que algo abandonaba aquella estancia se podía mascar en el ambiente.

     -Divina locura, no sé qué habrán visto mis ojos, pero tengo claro lo que ha sentido mi corazón. Apolo camina entre nosotros y ese chico lo sabe.


02/09/2013 Alfredo Gil Pérez

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