jueves, 26 de septiembre de 2013

Una fuente de colores

     Estaba a punto de ocurrir.
Una voz familiar despertó sus sentidos y un presentimiento alarmó a su pulso, que se aceleró. 
Sus pupilas se dilataron como si de un gato en media noche se tratara y la sensibilidad de cada centímetro de su cuerpo se acentuó, expectante por lo que pudiera pasar.
Notaba el aire esquivando el vello de su barba y el aliento escapándosele por la boca, espirando, sin expirar, un vaho informe pero denso.

     Sus músculos se tensaron y sus pies se pusieron en marcha rumbo a lo desconocido pero esperable.
Una emoción electrificante, una oleada de adrenalina descontrolada, sacudió su cuerpo; y la curiosidad lo arrastraba encadenado, sin posibilidad de evasión. 

     Esclavo involuntario de sus sentimientos más viscerales se había expuesto a experimentar el sabor agridulce de aquella escena divertida a la par que habitada por un elenco frívolo y terriblemente incomprensivo.
Sin duda alguna fue partícipe, voluntariamente u obligado, cada fibra se le empapó de aquella nueva realidad, se ahogó en los matices, la impulsividad, la pérdida del autocontrol y los puntos de vista. 

     Una o dos lágrimas y respiró aguas turbias que no volverían a dejarle el mismo sabor de boca. El que bebía de aquella fuente de colores dejaba una parte de sí y asimilaba una parte de ella.

26/09/2013 Alfredo Gil Pérez

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