domingo, 8 de septiembre de 2013

Barro será


     La lluvia golpeaba su impermeable como queriendo entrar a empaparla, mientras su pelo rebelde caía humedecido por la niebla que la ocultaba. Un paso, otro, trastabilló con una piedra y se aferró asustada a la granada. Sabía lo que tenía que hacer, pero la duda y la adrenalina arañaban sus entrañas. Quería ayudar, aunque se sentía impotente por tener que hacerlo.

     Frente a ella una fila de gentes tristes avanzaba sin cadenas, pero sin rebeldía conscientes del final que les esperaba al llegar a su destino. Un beso de plomo y alguna flor silvestre que crecería en la fosa común, alimentada por los cadáveres. 
Hombres y mujeres, adultos, niños y ancianos, algún osito ajado y recuerdos del hogar y la vida que dejarían atrás. Caras conocidas y desconocidos que quiso la casualidad poner en el mismo sitio. Hermanos para un solo cruel empeño.

     Otros, uniformados, ni tan felices, ni tan cuerdos, los escoltaban desde un tanque que avanzaba a marchas forzadas tras la comitiva. Un francotirador apostado sobre el casco del vehículo temblaba, no sé bien si por el frío o por lo sórdido de la situación. ¿Conocería a alguno de aquellos mártires? ¿Habría amado a alguna de aquellas bocas que tendría que silenciar?

     La chica se escurrió entre las cortinas de agua como una sombra funesta, o un ángel libertador. Esperó a tener el tanque a tiro, rodó sobre sí misma, quitó la anilla del explosivo y lo deslizó bajo el coloso de acero. Se refugió en la cuneta del bosque, miró al cielo que lloraba y deseó que fuera suficiente para salvar a uno o dos. 

     Unos segundo eternos y la ira de la pólvora se desató. El francotirador voló por encima de ella y por un instante sus ojos barnizados en sorpresa e incomprensión se fijaron en aquella cuneta desde el aire. Era más humano de lo que parecía con aquel uniforme mortuorio.

     Todo iba a cámara lenta y recordó el carrusel que solían instalar en las fiestas del pueblo cuando los veranos eran más felices y los corazones más inocentes.

     Los gritos reverberaron tras el estallido y el golpe seco del cuerpo de aquel hombre al aterrizar como un muñeco dio el pistoletazo de salida. Una multitud de pies y piececillos corrieron en estampida hacia la protección del bosque. Al levantarse lo vio a él, girándose de la mano de su hermana que lo apuraba a refugiarse entre la maleza. Su respiración se cortó y una mueca de dolor le contorsionó la cara cuando sus ojos se cruzaron, verde con negro, esperanza con muerte. La primera bala le perforó el hombro y la muchacha se derrumbó de rodillas, con una sonrisa al verlo desaparecer tras los arbustos gracias a las manos que tiraban de él. 
La segunda bala no acertó en ningún lugar concreto, pero su corazón ya estaba inherte para la llegada de las demás. Tumbada en la cuneta con el francotirador sin nombre ni historia. Enemigo y enemigo, inocente e inocente. Estúpidas ambas partes y víctimas del cinismo de la soberbia. Niños, que mejor hubieran hecho el "boom" como una onomatopeya jugando y no apretando un gatillo.


08/09/2013 Alfredo Gil Pérez

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